05 agosto, 2017

Un cómic sobre budismo.

He leído un cómic sobre meditación.

Advaita.
 Se trata de una persona que cuenta su experiencia.

Al principio me parecía insustancial. Un hombre que va contando sus viajes a la India, las relaciones con su pareja, cómo escribe el cómic...
Todo muy sencillo, si grandes historias, sin nada llamativo.

Pero poco a poco vas conectando con el personaje. No dice gran cosa pero explica cosas que te suenan.

Al final me ha gustado.




28 julio, 2017

Seguidores 2.

Si habéis visto el vídeo de ayer quizás os interese una entrada del blog de Pseudópodo en la que explica la manera como funcionan las masas.

Está aquí.

18 julio, 2017

Seguidores


Me envían un vídeo muy bueno que cuelgo aquí.
Veremos si puedo enlazar una entrada de Pseudopodo que hablaba de algo parecido.

14 julio, 2017

Me marcho a la playa con libros.

Me voy a Huelva, con la caravana, a pasar 9 días en la playa con mi mujer y mi hija.

La clave de la felicidad de una vacación similar el verano pasado fue que me lo tomé como un descanso absoluto. Sin ningún objetivo más allá de descansar. Y por eso me llevo mucha lectura, no para CONSEGUIR leer los libros, sino para disfrutar con lo que lea.

No creo que cuelgue ninguna entrada en estos días. Pero nunca se sabe.

Algunos son los libros que ha recomendado Pseudópodo en su última entrada.

13 julio, 2017

Dos ingenuidades y un error.



Somos seres sociales, no solo individuales. Y muchos de nuestros deseos más arraigados no son individuales, son construidos socialmente. Es la sociedad la que desde la infancia ha ido configurandolos, y deseos que consideramos absolutamente personales han sido creados/construidos por la sociedad. 

Mi primera ingenuidad es creer que mis deseos son personales, que nace exclusivamente de mi particular modo de ser. Seguramente la idea contraria la he leído mil veces y en teoría sé que somos seres sociales, construidos socialemente, pero cuando Harari escribe que en el siglo XXI las personas creen que serían felices si pudieran viajar mucho, deseo que sería absurdo e incomprensible en otras épocas, me sorprendo. ¿O sea que esto mío de imaginar la jubilación con la autocaravana es algo que me viene de fuera?

En otros tiempos un hombre era feliz si podía dejar una larga descendencia de hijos y nietos. No digo que no me gustaría tener nietos… ¿pero quién quiere que sean muchos? Ese ya no es ideal de felicidad en el siglo XXI. 

Mi segunda ingenuidad es pensar que puesto que nuestros deseos han sido modelados y configurados por algo externo, la sociedad, basta con tomar conciencia y saberlo, para que pierdan su fuerza y nos demos cuenta de que no son nuestros deseos auténticos
El tercer error consiste en creer que el hecho de que los deseos de felicidad tengan un origen social los convierte en falsos o inauténticos. No es que seamos individuos y las sociedad nos trasnforma en algo que no somos, es que somos esencialmente sociales. Hacernos en sociedad es algo inevitable y en eso consiste nuestro modo de ser. Esos deseos sociales son nuestros auténticos deseos porque nuestra esencial identidad no es algo individual.

09 julio, 2017

Solo ante el peligro.



Al final de curso, puse, en Valores Éticos de segundo de ESO, la película “Solo ante el peligro”. En principio no querían verla, pero después la siguieron con gusto.
Hacía muchísimo que yo no la veía. Me emocioné

No sé si era Nietzsche el que decía “el hombre común es cobarde”. Aurelio Arteta entenderá bien de qué habla la película. En “Tantos tontos tópicos”, se le nota dolido por la reacción de la gran mayoría de los vascos frente el terrorismo. Se queja de quedarse solo en sus denuncias contra ETA.

Para plantar cara al salvaje asesino que ha anunciado su vuelta al pueblo, el personaje de Gary Cooper necesita colaboración de los ciudadanos y solo encuentra excusas. Es muy interesante la escena en la pide ayuda en la iglesia, que se convierte en una asamblea improvisada. Todos encuentran razones para no tener que enfrentarse al asesino. Nadie muestra su cobardía a las claras, pero sí argumentos que los liberan de apoyar a Gary Cooper. Es común revestir las excusas con sentida preocupación por la vida del protagonista al que todos recomiendan que huya porque él fue quien detuvo al asesino y lo mandó a la cárcel

También es reseñable la cara de preocupación del héroe que va de un sitio a otro por el pueblo buscando apoyo y recibiendo siempre negativas. Que se comporte como un valiente no quiere decir que no sienta miedo.
 
Sé que yo nunca sería Gary Cooper pero reconforta pensar que existe gente así. Es como si su existencia nos redimiera de nuestra cobardía a todos.

08 julio, 2017

Los gatos salen ¿y vuelven?



Durante el invierno nuestros gatos salían de la caravana de noche y volvían al salir el sol a dormir dentro. No recuerdo si os conté que abrimos una gatera en la puerta del servicio para poder mantener toda la noche la ventana del servicio abierta (con la puerta cerrada) y de ese modo ellos entran y salen de la caravana por esa ventana cuando quieren y nosotros no nos helamos de frio

Solo te hielas si durante la noche vas al servicio. Pequeño inconveniente que sufrimos gustosos con tal de que ellos “disfruten” de la noche. 

Problemas: Hemos pasado casi quince días durante el mes de junio en un camping cercano a la ciudad. Íbamos a trabajar por las mañanas y las tardes las pasábamos en la piscina, o sentados delante de la caravana descansando. ¿Qué pasa? Los gatos ya conocen todo el camping y como el frío no los devuelve a casa, son varias ya las veces que han pasado venticuatro horas fuera. Se marchan al anochecer, no les ves el pelo durante todo el día siguiente (deben haber encontrado un sitio para dormir tranquilos) y solo reaparecen por la noche pidiendo comida.
¿Qué problema tiene eso? Que el día que te quieres ir ¿qué haces si el gato no aparece por la mañana?

06 julio, 2017

El coste de las cosas.



Me regalaron Walden de Thoreau. 

Este hombrito del XIX (se cumplen doscientos años de su nacimiento) se marchó dos años a vivir junto a un lago en plena naturaleza, prescindiendo de las comodidades de la vida “civilizada” y construyendo él mismo su propia vivienda. Nuestra sociedad se ha hecho mucho más compleja. Si alguien repitiera la experiencia de Thoreau hoy en día estaría renunciando a mucho más que Thoreau.

Pero de lo que quería hablar era de una frase que me ha hecho pensar: El coste de una cosa es el tiempo de vida que he hemos de dedicar a conseguirla. (Cito de memoria)

Mi hija se ha puesto unas uñas postizas. Le han costado 15 euros, exactamente el dinero que ha ganado cuidando a su sobrino durante dos horas. He calculado que una autocaravana (barata, no muy cara) supondría un año entero de trabajo. ¿Estoy dispuesto a dar lo uno por lo otro?

La idea nace, creo, de un error de partida. Hay una parte de la vida que es la deseada y hay otra parte, –moneda de cambio- que es medio para conseguir la primera. ¿No sería mejor disfrutar de la vida completa? ¿Es que mientras mi hija cuida a su sobrino no vive? Aquí vuelve la diferencia entre querer tener los platos lavados y querer lavar los platos.

Sin embargo, todos entendemos lo que Thoreau quiere decir. Se trata de las acciones utilitarias. Las hacemos con vistas a un objetivo y en ese sentido son el coste a pagar por ese objetivo. Mi madre decía que yo era como aquél del cuento:  
-Madre, quiero caldo.
–Trae la taza.
-Ya no quiero caldo

Mi trabajo no me permite dejar de trabajar cuando he conseguido el dinero necesario para tener lo que quiero. Sería ideal que fuera así. Creo que trabajaría menos. 

Tenemos muchísimas comodidades y ventajas en esta sociedad. Pero al mismo tiempo tenemos preocupaciones, trabajos y responsabilidades que son el precio a pagar por todas ellas. ¿No sería mejor una vida más relajada a cambio de menos bienes? Ya lo conté aquí una vez. Muy pocos profesores piden los tres meses sin sueldo a los que tenemos derecho cada dos años. Yo mismo, que digo ser partidario de ganar menos con tal de trabajar menos, no lo he pedido nunca. Pero creo que los dos próximos cursos lo voy a hacer. Me lo puedo pagar con la herencia de mi madre.

:)

04 julio, 2017

Hoy quiero contar exactamente cómo fue.



X era un alumno sordo de primero de bachillerato. Alguna clase a la semana tenía una persona que le traducía al lenguaje de signos lo que yo decía, y en las otras dos clases semanales, X leía mis labios. X era un alumno muy inteligente y seguía el curso muy bien. Yo no le solía poner un 10, pero sí buena nota. 
Siempre puedes captas cuando un alumno no sigue la explicación, pero en el caso de X la cosa era flagrante. Si no estaba mirándote era imposible que escuchara lo que decías. Por eso me disgustaba tanto verlo hablando con otro compañero y sin mirarme.
Cuando veo a alguien distraído, a veces, digo en voz alta “Esto que estoy explicando ahora es muy importante. Si lo pregunto en el examen, Fulanito suspenderá porque no está atendiendo.”
Cuando haces este tipo de comentarios la gente se ríe. En ocasiones, Fulanito escucha su nombre y reacciona, y en otras, Fulanito está tan distraído que no se entera y tienen que ser los demás los que le llaman la atención. “Fulano, que te está riñendo.”
Exactamente esto es lo que sucedió con X. Lo vi distraído e hice un comentario que sería más o menos así: “X no se va a enterar de esto, porque no me está escuchando y si lo pregunto en el examen no podrá responderlo.”
Naturalmente, en seguida algún compañero –quizás con el que estaba hablando- le dijo a X lo que yo había dicho y X retomó su atención a mi explicación. Que sucediera esto es lo que yo pretendía y –como podéis entender- ningún tipo de burla contra el alumno. Es cierto que existe un carácter diferente al decir esto de una persona sorda pero mi intención era exactamente la misma que cuando lo digo de otros alumnos y mi riña cumplió exactamente el objetivo que buscaba del mismo modo que con cualquier alumno no sordo.
X era un alumno educado, no interrumpió mi explicación para quejarse, esperó, y al final de la clase se acercó para decirme que lo que había dicho era una burla de su sordera.
Lo que pasó después lo conté en una entrada de este blog llamada “Angustia”. Acababa de suceder y no quise contarlo exactamente para que no se pudiera identificar al alumno en cuestión.”
El que quiera saber qué sucedió después tendrá que leer aquella entrada que copio aquí:

“Imaginad que tenéis un alumno de raza negra y un día debido a su mala conducta le echáis una bronca en clase. Por algo que decís o por los gritos que dais -que no son habituales- o por lo que sea el alumno se acerca al final de la clase y os dice educadamente que no le ha gustado la bronca. Le decís que estáis muy descontentos con su comportamiento y que la culpa de la bronca solo la tiene él, por haberse portado mal. Él os acusa de discriminación y dice que os habéis comportado de modo racista. De ningún modo estáis de acuerdo con ese reproche y allí mismo -y alterado por la acusación- le dais más voces para explicarle que no se trata de racismo que únicamente ha sido un modo de censurar su mala conducta.

¿Os ponéis en situación? Dejadme que continúe en primera persona. Era viernes y me fui a casa cabreado. Me parecía que era injusta la acusación y me enfadaba ese mecanismo por el cual los alumnos primero se portan mal y cuando pierdes los papeles convierten la conducta del profesor en el tema central. Quieren ser ellos los que te enseñan a ti cómo debes corregirlos.

Sin embargo, pesaba en mí un remordimiento. Creía que los hechos eran ambiguos y creía que contados de una determinada manera podía convertir mi imagen en la de un racista. No pensaba que él tuviera razón pero sí que alguien podía pensar que la tenía. La preocupación no se me iba de la cabeza y creció en mí la seguridad de que el alumno –que se había comportado de modo educado cuando hacía sus acusaciones- se lo contaría a sus padres y al tutor y sus padres vendrían a hablar conmigo y toda esa historia. El alumno no es un mal alumno. Es cierto que se distrae y habla a menudo pero no es alguien con mala fama. Durante la tarde del viernes repetí en mi interior mil veces las razones por las cuales le había reñido y repetí una y otra vez que aquella bronca no había sido diferente de la que podía haber echado a otro alumno cualquiera con independencia de su raza. Pese a todo latía honda la sospecha que los hechos contados de determinado modo o ante oídos deseosos de escándalo podían ser interpretados como racismo. Ese día salimos con la caravana por la tarde pero me tuve que tomar medio orfidal para dormir bien.

El sábado fue un día de angustia. Angustia etimológicamente creo que está ligado a angosto. Como si estuviera atravesando por una estrechísima y larga grieta entre dos rocas y no pudiera casi respirar de lo estrecha que era. Tenía la absoluta seguridad de que el lunes mi conducta estaría en boca de todos y ya me veía justificándome ante el tutor, ante el jefe de estudios, ante los compañeros. No dudaba de que los padres llamarían a primera hora de la mañana al jefe de estudios y que el alumno se lo contaría a su tutor apoyado por algunos de sus compañeros. Me repetía que no había sido un comportamiento racista pero quizás podía ser visto así si la gente quería contar así la película. Ya me sentía censurado por todos.

Aquí entra en juego mi carácter. Yo no necesito haber hecho algo malo para sentirme culpable. El sentimiento de culpa es algo que nació conmigo. La vida lo único que hace es llenarlo alternativamente con unos contenidos o con otros. Yo, de natural, me siento culpable, luego ya veremos por qué.

Ojalá pudiera expresar la angustia que sentía. No puedo decir que fuera un dolor, ni una imposibilidad de respirar, pero aunque la angustia es algo psicológico la sentía como un malestar físico. Mi preocupación era tan grande que solo se me ocurre compararla a una angustia de muerte. Quizás os parezca exagerado pero si me hubieran dicho que tenía un cáncer no creo que hubiera podido sufrir una angustia mayor. Era un dolor inmenso que me amargaba la vida y me impedía concentrarme en nada. El asunto no era ya si era culpable o no. El simple hecho de imaginarme siendo el centro de todas las miradas como posible culpable me angustiaba tremendamente. ¡Qué importaba si lo era o no! ¿No era suficiente deshonra tener que demostrar mi honradez? Me lamentaba de no haber pedido disculpas cuando el chico me acusó de racista. De haberlo hecho habría desactivado el caso y ahora no estaría sufriendo este tormento. El sábado por la tarde ya había tomado la decisión de pedir disculpas cuanto antes. Quizás yo era inocente y no debía pedirlas pero no era eso lo que estaba en juego. Mi único objetivo era no aparecer como sospechoso ante todos. En lugar de esperar al lunes, esa misma tarde del sábado, escribí un mensaje privado al alumno a través de Tuenti y le pedí que me contestara diciéndome si lo había recibido. Tras esto me quedé mucho más relajado aunque de nuevo el domingo volví a sentir cierta angustia al no recibir ningún tipo de respuesta.

Me tranquilizó un poco que mi mujer no le diera ninguna importancia. Había sufrido la angustia en silencio hasta entonces pero el domingo no pude más. Un compañero, el lunes, también me tranquilizó.

Cuando la tarde del lunes recibí un mensaje comprensivo en el Tuenti (todos cometemos errores decía el chico) mi angustia ya había desaparecido casi completamente y me alegré mucho de que la cosa terminara allí.

En fin, he usado el racismo para contar algo diferente, como expliqué al comienzo, pero creo que os he trasmitido lo esencial. Hace mucho tiempo que no lo pasaba tan mal.”

Hasta aquí la entrada pasada. Todo esto viene a cuenta de la importancia de ser víctima hoy en día. 

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