09 diciembre, 2014

Besos.

La relación con la vejez de mis padres va cambiando. Al comienzo creo que me sentía afectado personalmente. Su vejez era la que yo sufriría un día. Ahora la vejez y la enfermedad son suyas. Les atiendo pero, siendo ellos los sufrientes, de algún modo, estoy a salvo. Me he distanciado.

 A veces estoy con mi madre, terriblemente trastornada y perdida, y no siento pena. Supongo que es una defensa. No puedo estar compadeciéndome de ella todos los días. La acompaño, la abrazo, le doy más besos que antes, pero no siento pena. Me acuerdo mucho de ella en su ausencia, pero no siento propiamente compasión. Es como si en lugar de estar preocupado, estuviera solo ocupado. Como el enfermero que atendiera a alguien con terribles dolores pero que, por salud mental, no pudiera compadecerse ante cada gemido del enfermo.

También mi contacto físico con ella ha cambiado. Hace unos meses solo la besaba cuando llegaba y cuando me iba. Eran los besos formales de un saludo. Cualquier otra muestra de cariño me parecía improcedente. Me hubiera producido vergüenza hacerla. Más allá de aquellos besos formales del saludo, el contacto físico me producía cierto rechazo. En las últimas semanas ha estado tan mal, ha llorado tanto, que me he acostumbrado a besarla con frecuencia y a acariciarle la cara y la espalda. Ahora me gusta. No es que sienta una ternura sin fin, pero lo hago con gusto. Es el único modo que tengo de intentar consolarla y mostrarle que la acompaño en su enfermedad.

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