08 diciembre, 2014

Razones para llorar

Mi mujer recuerda una escena antigua, de cuando novios. Yo tenía entonces mi primera depresión. Y sentados juntos en el bar de la estación de autobuses en Bejar, lloraba porque en Israel, los soldados partían los brazos a los niños palestinos para que no volvieran a arrojarles piedras. No dudo que aquello me llevara a las lágrimas, pero hoy creo que lloraba mi propio dolor interior. Mi llanto, inconscientemente, buscaba una causa digna, cuando en realidad no podía encontrar una razón real en mi vida para la amargura que sentía.

A mi madre le sucede estos días lo mismo. Está convencida de que le escondemos una tragedia. Cree que le ha pasado algo grave a alguno de mis hermanos y no se lo queremos decir. Quién se ha muerto, pregunta y de poco sirve querer convencerla de que nada ha sucedido.

“Decidme qué ha pasado”. Y esto lo dice, ya, deshecha en lágrimas, antes de que le desvelemos la horrorosa tragedia que supuestamente le ocultamos.


No sé si todo responde solo a los mecanismos de su locura, pero para mí tiene una lógica rotunda, que es la misma que a mí me hacía llorar hace tantos años. En algunos momentos es consciente que está enferma, sabe que nada será como antes y aunque se olvide muchos ratos, una pena mortal la traspasa. Una tristeza que no quiere ser egoísta, una amargura inconsolable que, como la mía de entonces, busca un motivo en el mundo exterior que haga su llanto altruista y razonable. 

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