07 febrero, 2016

¿Somos todos enfermos mentales?

Estoy leyendo el libro de Allen Frances, que dirigió el DSM 4. ¿Somos todos enfermos mentales?
El psiquiatra Teosarapo lo recomendaba en su blog, al tiempo que denunciaba la impostura de Whitaker. Whitaker (según Sarapo es un jeta) tiene hoy una entrevista en El País, para denunciar el engaño que, según él, son los psicofármacos.

Sarapo acusa a Whitaker de construir mentiras sobre briznas de realidad.

Apasionante asunto.

Hasta donde he leído del libro de Frances, la idea que saco es que hay una inflación diagnóstica porque hay un deseo de vender fármacos. Poco a poco se va ampliando el concepto de trastorno mental de modo que haya más pacientes y de ese modo más consumidores de fármacos.
Por cierto, habla con escepticismo, de los TDAH. Un profesor de mi infancia decía que yo tenía el baile de SanVito. Si me pillan entonces, con seguridad que me diagnostican TDAH.

1 comentario:

  1. Necesitamos apoyos para nuestra vida y el estrés que supone. Los fármacos nos ayudan a vivir. Si existen ¿por qué no utilizarlos? En estos tiempos me dedico a profundizar en Kafka. Él murió de tuberculosis en un tiempo en que no existían los antibióticos. Era un hombre que tenía intensos padecimientos psíquicos cuyo diagnóstico desconozco. Milena Jesenska, su gran amor, decía que probablemente era el único sano en un mundo en que todos los demás estaban enfermos. Si hubieran existido los psicofármacos, kafka hubiera sufrido menos, pero no sé si sus relatos hubieran tenido la misma fuerza o siquiera hubieran existido. Las simas que lo acompañaron no se hubieran revelado en toda su hondura abismal. Este es el mundo moderno. Un alto porcentaje de la población utiliza los psicofármacos. Dicen que el agua de los ríos tienen un componente químico de antidepresivos y demás. El sufrimiento espiritual es terriblemente doloroso. El que lo ha conocido lo sabe. El que te lee sabe que los tomas. Se nota en la mansedumbre que impregna tus escritos. El hombre domado que ve atemperado el dolor de existir. Pero ¿por qué no? Sería absurdo no tomar un analgésico si uno tiene dolor de cabeza. O no ponerse la epidural en un parto. O no tomar antibióticos para eliminar el helicobácter pylori que me estuvo torturando buena parte de mi juventud en que vivía atado a mis dolores de estómago. La pregunta es qué dimensión aporta un mundo sin dolor -controlado por los potentes medicamentos que tenemos-. Me gusta leer a los hombres de otros tiempos en que esto no existía. Me asombran. El demoledor dolor de Kafka transformó la literatura del siglo XX y por lo que sé, sigue haciéndolo todavía. Ya Aldous Huxley habló en Un mundo feliz del soma para dominar el dolor psíquico y reconciliarnos con la vida que pasa así más fofa, más indolente. Hasta Dios se ha hecho más light. Ya las experiencias religiosas no son acompañadas de la sombra y el sufrimiento ascético. No. Ahora incluso nuestras iluminaciones las retransmitimos en directo y es posible que hasta que recibamos likes. Este es el mundo en que vivimos. Todo dolor o trastorno tiene su fármaco. Algún día hasta podremos controlar la muerte, programándola. ¿Por qué no? Dicen los budistas tibetanos que la muerte es un bar-do, un proceso de transición, que dura cuarenta y nueve días hasta nuestra próxima reencarnación. En este periodo sufrimos y experimentamos visiones que pueden ser estremecedoras según haya sido nuestra vida. Puras alucinaciones intrapsíquicas. El sueño es un bar-do también.

    ¡Vivan los fármacos! ¿Qué sería nuestra vida sin ellos? Y además no somos Kafka.

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