03 febrero, 2016

Dios y nuestra necedad.

Estoy leyendo "El olvido de sí", la "autobiografía" novelada escrita por Pablo d'Dors sobre Charles de Foucauld.


"Entonces no comprendía -tan ciego estaba- que vivía por fin el fracaso por el que tanto había suspirado cuando Dios me consolaba. Sí, porque para adentrarse en el camino espiritual hay que sentir que se ha desperdiciado la vida -y no solo la mundana, también la religiosa-. Hay que escandalizarse de la propia necedad y de que Dios nunca se canse de esa necedad."           (p. 238)


QUE DIOS NUNCA SE CANSA DE NUESTRA NECEDAD. Si me creyera esto estaría salvado.

Y lo creo o quiero creerlo.

4 comentarios:

  1. No sé si tu blog debería llevar un subtítulo que fuera "Práctica del arte de perder lectores y ahuyentar a comentaristas". Creo que sería bastante apropiado.

    No hay nada en tu blog que incite al diálogo y si alguna vez el comentarista se inmiscuye en tu hilvanar de detritus mental -con todo el respeto, claro está- experimenta el solipsismo del autor que, o bien se mantiene distante y no aparece, o bien te contesta de mala gana como si alguien hubiera entrado en su casa sin permiso. El autor del blog no conoce bien el arte de la hospitalidad que lleva a que el visitante se sienta a gusto en su casa y vuelva en lugar de un clima gélido y desangelado que no le invita a volver. Yo soy, sin embargo, benevolente y vuelvo pensando que en el profesor castellano se esconden resortes poco sociables pero que son a pesar suyo. No todo el mundo debe parecer simpático. Los hay hoscos y, sin embargo, dentro guardan un corazón tierno y vulnerable. Pensemos esto.

    El profesor castellano tiene ansia de dios, quiere sentirse aceptado por dios y piensa que los que no sientan eso son pobres desdichados que no se enteran de nada. Que su vejez será triste sin dios. Aleluya. Sin embargo, eso de Dios ha sido tan manipulado a lo largo de la historia que lleva a muchos a pensar que los hombres han proyectado sobre ese SER todas sus zozobras, todos sus desconciertos, todos sus miedos, todas sus ansias. Así, el profesor castellano remonta en el tiempo hacia la Castilla milenaria ahíta de dios, y elevando en sus pendones el emblema divino. Todo buen castellano tiene a dios como norte, sustento y fe inmarcesible. Ahora nos vamos al desierto, en el desierto los hombres sienten más la necesidad de dios en la desnudez del horizonte infinito vacío que solo puede ser llenada con la esencia divina, que perdona, reconforta y nos alivia el tránsito final hacia la nada que no es tal sino el pórtico hacia una nueva vida en que nos sentaremos contemplando a dios por toda la eternidad.

    ¡Qué ajeno me resulta todo esto! El perdón de dios, la necesidad de dios, la voz de dios en el desierto. En fin.

    Mi padre me llevaba a misa y no recuerdo horas más triviales y vacías que aquellas. ¡Qué de letanías insípidas de hombres que debían creer en dios! Igual que los hermanos Maristas donde pasé nueve años y que parecía más una congregación del sadismo más sórdido, y también debían creer en dios. Estarían equivocados en su fe, pienso. O no comprenderían a dios. Igual que esos sacerdotes cuya fe en dios parecía incontestable y sobaban y toqueteaban sexualmente a niños. ¡Qué desvarío entres los creyentes! Bueno, al fin y al cabo todo al final se perdona. Pero parecería que la fe en dios debía llevar a algo luminoso. Pero dios no contesta, dios está en silencio. El silencio del universo. El vacío. Si dios quisiera mostrarse se supone que lo podría hacer y no dejarnos en esta incertidumbre y terrible sima sin respuestas. Pero de vez en cuando surge alguien que dice que oye la voz de dios. Los temo. Oír la voz de dios. Yo no la he oído nunca. La Biblia es un libro totalmente humano. Y el Evangelio, obra claramente humana. La necesidad de perdonarse uno a sí mismo puede llevar a proyectar sobre dios el perdón ansiado. Bueno, en algo hay que entretenerse para soportar la angustia y la culpa, atenuada por los ansiolíticos y los antidepresivos.

    En fin. Todo ha sido pasar el rato en esta casa tan poco acogedora.

    Me vuelvo a Kafka que sí tenía una hermosa sonrisa y no daba demasiado la vara con dios.

    Un abrazo, pese a todo.

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    1. Anónimo4/2/16 20:50

      Gracia a Joselu este blog empieza a merecer la pena.

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  2. El comentario del anónimo tiene mucha gracia por paradójico. Osea que ahora descubro que hay lectores que vienen aquí para leer a Joselu.
    Qué ingenuidad. Querer mostrar desprecio haciendo aprecio.

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  3. El comentario del anónimo tiene mucha gracia por paradójico. Osea que ahora descubro que hay lectores que vienen aquí para leer a Joselu.
    Qué ingenuidad. Querer mostrar desprecio haciendo aprecio.

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