03 noviembre, 2015

La vanidad, yo, mi padre y Joselu.

Hablé de la vanidad de mi padre en esta entrada. Joselu en los comentarios se identificaba con él y lo compadecía por ser un pobre viejo. Decía que eso es terrible y doloroso.

También yo lo compadezco (por usar la palabra que Joselu considera central en el budismo) pero por otra razón. Por no haber aprendido, a sus noventa y cuatro años, que la imagen que das ante los otros es irrelevante. Vivir sufriendo por la pobre imagen ante la mirada ajena es un triste modo de vivir. Cuanto antes aceptemos nuestra realidad y nos de igual si aparecemos como valiosos o no ante los demás, mejor que mejor.

Mi padre sabe esto. Sabe que poco importa el prestigio. Como lo sé yo. Pero una cosa es saberlo con la cabeza y otra creérselo con el corazón. Ninguno de los dos lo creemos en el fondo. Por eso vivo defendiendo mi “personaje” a cada instante. Por eso sufro cuando hago una pregunta tonta en la clase de inglés y descubro que me he metido la pata. Por eso me poco tan nervioso pensando que puedo suspender un examen, porque creo que es mi yo completo el que fracasa y queda destruido, si no lo paso. 

Cuanto antes acepte mi padre que es un pobre viejo, con dinero o sin él, menos le costará un día aceptar que la muerte le quite todo. Cuanto antes nos vayamos desnudando de ese “yo” social y presentable del que nos vestimos a diario, más fácil nos será aceptar que la edad, implacable, nos lo vaya, poco a poco, arrebatando todo.


Mi padre es digno de compasión, pero no por ser un viejo, sino porque él –como yo- aún sueña con ser alguien. 

1 comentario:

  1. Espero hasta el momento de mi muerte creer que soy alguien. Me interesa el budismo, es cierto, pero no es exclusivo en mí. Leí a Ciorán en un viaje (también estuve en su tumba en París) y hablaba en uno de sus libros cuyo nombre no recuerdo que el yo, tan denostado por las religiones, es lo único que tenemos valioso en la vida. Sé que algún día habremos de abandonar todo, incluido ese yo, pero no espero que sea un proceso humillante ese progresivo desnudamiento. Querría morirme en plenitud de facultades y siendo consciente de que voy a morir. Y espero que mi vejez, no tan lejana, no sea humillante. Espero seguir creciendo, aprendiendo, creyéndome algo, no un pobre viejo al que los demás menosprecian o desdeñan, retirándole su dignidad de sentir que debería haber pagado el taxi él. No pienso que tu padre sea un pobre viejo. Su reacción orgullosa demuestra que está vivo y que no se resigna a lo que los demás quieren hacer de él. Un ser incapaz, un ser desvalido que lo único que debe aceptar es su inanidad. Me gusta que sueñe que todavía es alguien y eso debería llenarte de satisfacción.

    He visto una entrevista a Lenni Riefenstahl a sus noventa y nueve años haciendo balance de su vida con un lucidez escalofriante. Es más a esa edad se empeñó en un viaje a una zona de guerra en Sudán para ver a sus amigos los Nuba con los que había vivido varios años en los cincuenta. Era un viaje de alto riesgo y de hecho su helicóptero fue alcanzado por un cohete. Tuvo roturas varias. A los cien años se fue a practicar submarinismo a Sri Lanka. Murió tranquilamente, la musa de Hitler, en la cama al año siguiente.

    Me reconozco más en Lenni R. que en el periplo de tu padre que no puede pagar siquiera el taxi porque le consideran un pobre viejo, no siéndolo. Pero la fuerza del sistema es tal que la vejez es una etapa de pérdida de todos los derechos humanos.

    Espero seguir soñando que soy alguien. Mi ego me sostiene para bien y para mal.

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