23 septiembre, 2015

El gusto por el sinsentido.

El enamorado romántico no quiere ser correspondido. Busca arder en ese amor imposible. 

Yo creo que un sentimiento parecido tiene el hombre actual con respecto a la vida. Encuentra una belleza en que la vida carezca de sentido. Le gusta descansar en la amargura. Por eso gusta el texto siguiente y el autor de "Buscandoleonesenlasnubes" lo incluye en su programa de este lunes pasado. No sé quién es el autor. Habría que escuchar el programa entero otra vez para contar el número de fragmentos y luego cotejar con la lista de escritores que figuran en la entrada del blog. 


La rutina es un antídoto contra el pánico, ese continuo ocuparse de minucias. No dejar casi resquicio al desorden, estar ocupado para no estar desocupados. No tener que levantar la lista del libro. Ponerse objetivos alcanzables, uno detrás de otro, para no darse cuenta de esa verdad ontológica tan difícil de aceptar y que por ello procuramos, una y otra vez, alejar de nuestro lado. No tenemos objetivo, nuestra vida carece de finalidad. Estamos aquí porque estamos, igual que podríamos no estar. 

1 comentario:

  1. Respecto a esto yo tengo percepciones diversas. Por un lado me resulta repugnante la idea de Dios (ayer les hablaba de ello a mis alumnos de bachillerato). No he pronunciado la palabra repugnancia pero sí falta de necesidad. El hombre del Renacimiento se levanta frente a Dios y dice Aquí estoy. Soy igual a ti y mi vida tiene sentido. Luego, siglos después, vendrá la muerte de Dios (Nietzsche dixit), el existencialismo (El ser y la nada) y ahora que existe el presentismo que se resume en esa idea de las rutinas que ocupen el vacío y la congoja existencial que hay detrás puesto que se intuye en general que tras la muerte no hay nada. Somos cerebro. Conexiones químicas y eléctricas. Y cuando el cerebro se acaba, se termina el alma. Tal vez. Eso no impide que yo no actúe de modo distinto a ese que expresa el texto que nos has traído. Vivir sin objetivo, sin finalidad... Yo actúo por contra de otro modo. Actúo y vivo sintiendo que sí hay objetivo, que sí hay finalidad, que no da igual estar que no estar. La vida exige una dimensión estética y existencial a la medida de nuestras fuerzas y capacidades. Creo que hay que vivir embelleciendo nuestra vida con sentido, imaginando que en el fondo sí que hay Sentido. Todos los días pienso en la muerte. Me preparo para ella. Es mi compañera. Me da fuerza. No es mi enemiga. Actúo viviendo acorde a una existencia que tuviera sentido, que es algo más que una maraña de neuronas. Eso sí, la idea de Dios, desde que la rechacé a los veinte años, me es insoportable. No lo necesito, no me gusta. No me prosternaré frente a él. No puedo aceptar la idea de un Dios que condena o deja que se condenen seres que él ha creado. Me resulta abominable, repulsivo.

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