14 junio, 2015

Crueldades animales.

Jay Gould cuenta en algún sitio que hay unos parásitos que causaron mucho problema a los teólogos antiguos en relación con la existencia de un Dios bueno. Tendría que buscarlo para poder contarlo con su gracia, pero no tengo tiempo. No sé qué bicho inocula sus larvas en no sé qué otro. Las puñeteras larvas, que dejan inmovilizado con alguna sustancia paralizante al animalejo, crecen comiéndose sus vísceras internas. Y lo más cruel, por un mecanismo adaptativo,  devoran lentamente primero todos aquellos órganos que no son vitales y solo al final atacan estos. De hacerlo en orden inverso se quedarían sin comer al morir y pudrirse el bicho.

¿Te imaginas que eres un animal paralizado al que están devorando las entrañas? Eso es lo que debían imaginar los viejos teólogos. Les costaba hacer compatible semejante crueldad con la bondad creadora de Dios.




He leído en Catwathing de D. Morris que los gatos salvajes identifican a sus crías por el olor. Si mientras la madre cambia a las crías de sitio, alguien toca a los cachorros y los impregna de este modo de un aroma extraño, la madre, al volver, no los reconoce y o los abandona o incluso se los come. Es fuerte… ¿no? Esto ya no sucede con el gato doméstico, como ya conoce los olores de los dueños, no interpreta estos aromas como extraños aunque toques a sus crías cuando no está la madre.



No solo cuenta crueldades. También cosas graciosas.


Tras dar a luz, pasado un cierto tiempo, la gata cambia a los cachorritos de sitio. Va trasladando uno a uno a todos ellos cogiéndolos con la boca por la piel del cuello. Cuando ha traslado al último vuelve de nuevo a la vieja cama para ver si quedó alguno. Si tiene seis, por ejemplo, en su nueva cama, ¿es que no sabía que tenía seis en la anterior? Dice Morris que si bien los gatos tienen otras habilidades, las cuentas no son su fuerte. 

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