13 diciembre, 2014

Soledad.

Mi madre tiene alucinaciones desde hace tres semanas. Mi padre no parece estar muy afectado. Sigue viviendo en su mundo. Sigue sus horarios sin alterarlos. Se levanta tarde, desayuna, hace gimnasia, se ducha, baja a por el periódico y el pan, se tumba un rato antes de comer, tras la comida se da un paseo rezando el rosario, al que antes le acompañaba mi madre. Luego se acuesta la siesta. Se levanta y lee hasta la hora de la cena.

Parece que no se diera mucha cuenta de lo grave que está ella. Quizás sea una defensa. Mi mujer dice que los ancianos ya no sienten el dolor de los demás del mismo modo. A la madre de un amigo tardaron mucho en darle la noticia de la muerte de su hermana, pensando que se hundiría. Luego no fue así.

En el caso de mi padre no sé si la procesión irá por dentro pero da la impresión de que viviera en una burbuja en la que no echa en falta a nadie. Necesita los cuidados que le proporciona la asistenta, claro: las compras, la limpieza, la comida. Necesita sus medicinas, que son muchas. No parece que requiera nada más de los otros.


Debe ser duro tener noventa y tres años y, antes de morir,  ver como tu mujer se demencia en poco tiempo.

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