05 noviembre, 2014

Cambiar la visión de la vejez.

El texto que voy a copiar a continuación merece la pena leerlo. Sobre todo si tenéis algún padre o madre ancianos a quien cuidar. Hace muchos años, cuando yo tenía niños, y consideraba una lata tener que cuidarlos e ir con ellos al parque, alguien me dijo algo que cambió mi visión de las cosas y con ello mi vida. Me explicó que esos años durarían muy poco, que debía disfrutar de aquellos ratos porque se pasarían volando y sin que me diera cuenta. Y que luego los recordaría con nostalgia. Cuidar a un niño es un privilegio. Textos como este me ayudan a pensar que quizás cuidar a un anciano también lo sea. El texto es largo pero merece la pena. 


Vejez
Si es cierto que sus mejillas recuerdan a algunas frutas, manzanas o peras, que se han arrugado y cubierto de manchas por haber dormitado demasiado tiempo en el frutero de porcelana, también lo es que tienen su céreo olor, atenuado, encantador, lejano y suave: más que un aroma, su recuerdo. La muerte, que no anda lejos, impone al cuerpo un desgaste conmovedor, como el de una prenda interior lavada y llevada muchas veces, cuya trama casi translúcida tiene una elasticidad ideal, pero que sabemos frágil. La piel, el pelo, los dedos de los viejos son como esa prenda que nos gustaría conservar para siempre, a la que dispensamos tantos cuidados para que no acabe desgarrándose. Sin embargo, sabemos que pronto no podremos besar a esos seres humanos de movimientos vacilantes, delicados, y por eso los besos que les damos y los que recibimos de ellos en cada ceremonia del reencuentro o el adiós se cargan de una emoción que aguza nuestros sentidos, porque deseamos con todas nuestras fuerzas guardar todo lo suyo, la sonrisa o el parpadeo más insignificantes, las palabras, las caricias, el calor, el olor. Recuerdo a algunas ancianas de mi infancia con la cara llena de quistes -nosotros los llamamos “cerezas”-, el mentón prolongado por una perilla grisácea y un rostro que no invita a la ternura, pero que cuando te acercas a ellas exhalan aromas de leche de almendra, azahar y rosa antigua. Hay tanta disparidad entre el repulsivo aspecto de su rostro y su cuerpo decrépito -algunas caminan inclinándolo en ángulo recto- y esos olores de muchacha, casi de niño de pecho, que a veces tengo la sensación de haberlos soñado, más que olido. Pero también conservo la imagen de otra anciana, bruja de los huertos, que orina de pie sin levantarse ni las largas faldas ni la bata ni el delantal, con los ojos nublados por una materia blanca y perdidos en la lejanía, mientras sostiene la azada, y que tras aliviarse de ese modo reanuda su tarea. Cuando me cruzo en la calle con ella, que tira de la carretilla donde lleva sus herramientas y lo que cosecha en su huerto, aprieto el paso, pero no para evitar que el hedor a orina rancia que siempre impregna su ropa me revuelva el estómago, sino sencillamente porque me da miedo, porque aún estoy en esa edad incierta en que, incluso habiendo empezado a distanciarnos de una forma primitiva de pensamiento, conservamos sus supersticiones más arraigadas. También he de hablar de los ancianos de esa época, cuya compañía busco a menudo como paliativo a la ausencia de mis abuelos, muertos ambos mucho antes de que yo naciera: Lucien, el padre de mi padre, en 1938, de leucemia, y Paul, el de mi madre, en 1957, de una parada cardíaca en plena calle, de un “ataque”, palabra que me paso la infancia oyendo y que expresa muy bien la inapelable violencia de la muerte, su salvajismo de desalmada que ataca a traición. Me gustan los ancianos. Me gusta todo lo suyo. Sus miradas, sus frases, sus gestos, sus destartaladas bicis, sus motos, sus iras, su sabiduría, la ropa que llevan haga frío o calor: remendadas prendas de lana marrones o burdeos, pantalones y chaquetas de mecánico cuya vejez ha salpicado de zonas blancuzcas el azul marino de la tela, raídas boinas vascas con el cuero interior agrietado de tanto beber sudor. Sus inviolables costumbres en los numerosos bares que en ese tiempo hay en Dombasle los impregnan de un olor a tabaco de picadura, petaca de cuero, tinto peleón, lana, viudez, grasa de motor y hoguera de huerto. Durante sus últimos años, mi padre huele a eso, excepto el tabaco, pues no fuma. Y los dos, que hasta entonces no nos hemos abrazado demasiado -mi padre nunca ha exteriorizado sus emociones-, recuperamos el tiempo perdido. Cuando voy a verlo o me despido de él, me gusta rodearlo con los brazos, instantes que prolongo. Su cuerpo ahora es frágil y escuálido. Los huesos de sus hombros casi están juntos, cuando antes músculos y grasa formaban grandes masas compactas. Lo estrecho entre mis brazos. Lo beso varias veces. Tengo la conmovedora sensación de abrazar y oler a un niño muy viejo. 



El texto está sacado de Aromas de Philippe Claudel, aunque yo lo he escuchado en uno de los programas de Alberto Sansegundo. En Buscando  leones en las nubes. Podéis descargarlo aquí.  Y la entrada correspondiente del blog la podéis leer aquí.  

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