10 septiembre, 2014

Un estilo de obrar.

He descubierto que tengo un modo de hacer las cosas parecido al que tenía mi madre. Ella invitaba a algún hermano mío a dejar a sus hijos a su cargo y luego se quejaba –ante mí- de la guerra que daban y renegaba del peso que suponían para ella. ¿Entonces por qué has sido tú la que te has ofrecido a cuidarlos? ¿Por qué sabemos que te volverás a ofrecer la próxima vez?

Me llevé a mi madre a Arenas de S. Pedro unos días en agosto. Estaba allí mi suegra, con la que se entiende bien, y pudo bañarse en la piscina, que le gusta mucho. Aunque el primer día su demencia le llevó a decir que la habíamos llevado secuestrada, estoy seguro de que disfrutó. Al final de la estancia, me decía yo a mí mismo y le decía a otros lo mucho que me aburría el viaje en coche con ella, la paciencia que tengo que tener para responder siempre las mismas preguntas, en resumidas cuentas, el sacrificio que para mí supone tenerla cerca.

Y digo yo: No tenías ninguna obligación de que pasara unos días contigo, has asumido esa tarea voluntariamente, lo hiciste para alegrarle un poco el verano. ¿Qué sentido tiene quejarte luego? ¿Para qué esa queja y qué consigues con ella?

Quedas mal ante los demás y ante ti mismo. Ese sufrimiento expresado te hace sentir remordimientos y te hace pensar que no la quieres. ¿Por qué te quejas?


A no ser que la cosa sea más retorcida. Lo explicaré volviendo a la conducta de mi madre con sus nietos. Los cuido porque creo que es mi deber y con la queja pongo de manifiesto que no lo hago por inclinación, sino por deber. De este modo me veo a mi mismo, y me muestro ante los otros, como quiero ser: un esforzado cumplidor del deber.

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