20 septiembre, 2014

Sucedió anteayer.

Hoy bajé a ver a mis padres. Tenía ganas. Bajé con un trozo de pizza que me estaba comiendo en casa yo solo, eran las diez y diez, cuando sabía que ya se habría ido la asistenta.

Mi padre estaba embebido en su lectura, con el ABC sobre el mantel de la cena, que no había sido retirado.  Mi madre estaba risueña y de buen humor. Haciendo preguntas un poco despistadas sobre mi vida pero muy agradable, incluso con mi padre. 

Luego comenzó a explicar cosas raras. Que a veces le parecía que su casa no era su casa, que veía que los muebles eran los suyos pero que no le parecía su casa. Era una percepción extraña, como si la casa estuviera cambiada. Me preguntó si yo veía la casa igual. Tengo idea que es un síntoma de la demencia senil que padece. Ya en alguna otra ocasión había dicho algo parecido pero como algo pasajero. Esta noche estuvo un rato explicándolo e insistía. Era una sensación persistente, duradera, que no se le iba de la cabeza y le preocupaba. Hablaba tranquila, no estaba angustiada, más bien sorprendida. Casi convencida de que se tratara de algo que ha cambiado en el exterior y no en su cabeza. Me ofreció un plátano cuando terminé la pizza y vino con él de la cocina. Dijo que estaba contenta de haberlo encontrado porque lo había ofrecido sin saber si lo tenía. Es imposible que su memoria sea capaz de recordar qué tiene en el frigorífico. Incluso fue prodigioso que lo encontrara y lo trajera en tan poquísimo tiempo.

-       -   ¿De qué habláis? ¿De lo de Escocia? Pregunta mi padre cuando sale de su mundo y su sordera.
-       -  Votan hoy, mañana se sabrán los resultados. Le digo.
-        - Ya, ya. Tienes que mirarme en la librería de las misioneras esa biblia ilustrada para los niños que te dije.

-         - Si. No he ido. Mañana sin falta pregunto.

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