25 mayo, 2014

El sufrimiento de mi madre.

Por lo que sabemos hasta ahora, parece que mi madre no tiene Alzheimer, pero sufre algún otro tipo de demencia senil que le impide llevar la casa. Ya no puede hacer cuentas, ni sabe qué día es, y si le has dicho que es domingo al poco rato ya no lo recuerda.

En otros tiempos fue ella quien manejó los dineros de mi padre y llevó todas las cuentas, pero ahora ya no sabe ni lo que tiene ni lo que no y se resigna a que sea la asistenta la que lleva el monedero a la compra. Luego, a solas, le muestra a mi padre su disgusto de que sea yo, como hijo mayor, quien maneja la cartilla del banco. Aunque a mí no me dice nunca nada porque le faltan fuerzas e inteligencia para pedir ningún tipo de cuentas.

Por las mañanas, antes de levantarse, cuando los dos están aún en la cama, desperezándose y esperando que llegue la asistenta, le ha dicho varias veces a mi padre: “no me acuerdo de nada”. Creo que en esos momentos quiere planear el día que tiene por delante y se da cuenta de que no puede hacer  los planes más elementales: no recuerda lo que hay en la nevera, no sabe qué comieron ayer, ni siquiera sabe si vendrá la mujer que viene entre semana o la que viene los sábados y domingos. Se queja mucho de que sean dos mujeres distintas las que la ayudan. Atribuye su confusión general a ese cambio de personas. Cada vez le cuesta más recordar sus nombres. A todo esto se suma su ceguera causada por el deterioro de la mácula. Para reconocer las cosas tiene que tocarlas, no puede identificar qué hay en un plato y no creo que pueda contar ya los dedos levantados de una mano. Pese a todo se mueve con facilidad por la casa porque la conoce y también por las cuatro calles de siempre, mirando siempre al suelo para advertir el bordillo de la acera. No quiere reconocer lo ciega que está y hace como si viese.

Le frustra no ser ya necesaria. Mientras están cenando mi padre me pide a mí que vaya a por algo a la cocina y ella se levanta deprisa enfadada porque no se lo pide a ella. “¿Es que ya no voy a servir para nada?”

Y le gusta juntarse con mi suegra, que no puede andar, y hablando con alguien de su edad se siente mejor y sueña que está bien o así se lo quiere hacer creer durante un rato a mi suegra y a sí misma. “Vicente, el pobre, está muy fastidiado, pero yo aún puedo hacer la casa y manejarme. Mientras no se nos vaya la cabeza… aún podemos dar gracias a Dios.”


Y se lo cree de veras.

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