07 abril, 2014

Los viernes a última hora tengo guardia.


Ayer me tocó acudir al aula de un grupo de segundo de la ESO. El profesor que faltaba había dejado tarea. Se trataba de responder unas preguntas tras la lectura de un pequeño relato que se encuentra en una antología muy conocida de Harold Bloom.

Pude copiar las preguntas en la pizarra, ordenar que leyeran todos en voz baja y limitarme a conseguir cierto silencio para que quien quisiera pudiera trabajar. 

Me pareció que saldrían mejor las cosas y los chicos aprovecharían más, si se hacíamos una lectura en voz alta y yo podía ayudarles a entender la historia. 

Yo no había leído el cuento pero supuse que lo entendería en una primera lectura con facilidad. Nada de eso. Aquello era difícil incluso para mí. Y desde luego imposible si quería leer y a la vez vigilar que todos estuvieran leyendo y no haciendo el tonto con el de al lado, el de delante o el de detrás. No puedo entender como el profesor proponía una lectura tan poco entretenida y tan difícil.

Los alumnos de segundo de la ESO y los de tercero son los más difíciles de disciplinar. Todos los alumnos están insoportables a últimas horas pero a última hora de un viernes aquello era un infierno.
El caso es que yo conozco al grupo, les doy Ciudadanía a primera hora del lunes y a esa hora, naturalmente, los alumnos están formales, atienden y trabajan.

El viernes pasé una hora horrorosa, pero lo peor no fue el rato aquél, lo peor era el miedo que me entraba de pensar que al año que viene puedo tener que dar clase a un grupo similar –si tengo mala suerte- a una hora similar ¡todos los viernes del curso!

Y lo que es peor aún, con la nueva ley tendremos que dar clase de la asignatura alternativa a la religión, no solo a los de segundo sino en todos los niveles de la ESO. También primero, también tercero.
Para mí esto tiene una dificultad enorme porque los profes de filosofía no estamos acostumbrados a esos niveles tan bajos. El curso más joven en el que tradicionalmente hemos dado clase es cuarto de la ESO. El grueso de nuestro horario ha estado siempre en Bachillerato.

La aparición de la asignatura de Ciudadanía nos obligó a “bajar” a segundo una única hora semanal por grupo. La di los primeros años en mi antiguo instituto pero hacía mucho que no daba el nivel de segundo y este año, que me ha tocado darlo, he tenido tan buena suerte que tengo los tres grupos a primeras y segundas horas. Una delicia.

La experiencia de ayer me ha metido el miedo en el cuerpo. ¿cómo será mi vida con la nueva ley? ¿Cómo será un horario en el que haya montones de grupos de niveles bajos colocados por fuerza estadística a horas infames? Asignaturas basura (de una hora semanal) con edades difíciles con las que no estoy acostumbrado a trabajar.

Esto de la enseñanza es como la mili. Hay gente que tuvo un destino privilegiado y apenas hacían guardias y otros hacían guardias un día sí u otro también

Con la enseñanza sucede lo mismo. Hay institutos muy conflictivos e institutos excelentes. Un instituto suburbial que recibe “objetores escolares” de toda condición no se puede comparar a los institutos céntricos cuyos alumnos van a Irlanda los veranos.  Y dentro de eso hay diferencias de unas materias a otras. En filosofía creo que siempre hemos sido privilegiados porque la auténtica trinchera en la enseñanza está en los niveles de segundo y de tercero, cuando aún están los alumnos que nunca terminarán la ESO. Los que llegan a cuarto ya están cribados y en general reaccionan a la reprimenda. En fin, no quiero ni pensar lo que me puede tocar cuando entre en vigor la nueva ley.

1 comentario:

  1. Bueno, pero obligar a los chicos a perder el tiempo en asignaturas deliberadamente sin contenido para evitar que se les adoctrine hablándoles de civismo o que aprendan algo útil, está bien para que algunos tengan sus clase de religión donde se les enseña doctrina católica en horario lectivo, pagadas con dinero público y con profesores elegidos a dedo por una institución religiosa.

    Digamos que lo de los viernes es tu aportación al mantenimiento de la aconfesionalidad de nuestro maravilloso estado.

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