19 diciembre, 2013

Nunca parecer malos.

Hay una escena en la película “Amor” de Haneke que no se me olvida.

Es la historia de un viejo que continúa cuidando a su mujer paralizada en cama, y aunque tiene alguna ayuda externa, lo hace sin la ayuda de los hijos, que viven fuera. En alguno de sus escasos viajes la hija, que debe querer llevarla a algún tipo de residencia, se enfada con él. El diálogo transcurre más o menos así:

- “Papá, reflexiona, esto no puede seguir así, mamá necesita más ayuda, esta situación no puede mantenerse más tiempo, hay que hacer algo. Sé razonable”

- ¿Hay que hacer algo? ¿Quieres hacer algo? ¿Acaso me estás hablando de llevarla contigo para cuidarla en tu casa? ¿De verdad quieres hacer algo? ¿Acaso me estás hablando de eso? ¿De verdad quieres hacer eso?
La escena se acaba ahí. No se ve lo que responde la hija. Ni siquiera se ve su cara.

Si no lo interpreto mal, la hija, con ese discurso quiere hacerle creer a su padre, quiere hacerse creer a sí misma, que está preocupada por su madre. Pero esta pose no pasa de ser apariencia. Pues está claro –y su padre lo sabe- que no está dispuesta a hacer el esfuerzo que su padre sugiere.

Únicamente en las películas malas quien hace el mal lo hace a las claras, y se ríe, cínico, de su propia maldad. En la vida real, la que refleja esta película, quien no se porta bien se encarga de creer lo contrario. No nos esforzamos tanto en evitar el mal como en convencernos de que estamos haciendo el bien. La hija quiere irse de allí pensando que ese viejo loco no sabe reconocer lo mejor para su madre, que es, precisamente, lo que ella querría hacer.

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