20 noviembre, 2013

Una comida para celebrar cincuenta años.

Se celebraban en Arévalo los cincuenta años del nacimiento del Instituto.

Su directora, que había sido compañera mía durante el tiempo que estuve allí, me mandó una invitación para acudir a unos actos y una comida que se celebraría un sábado, cercano ya el fin de curso.
Me apunté ilusionado pensando ingenuamente que encontraría allí a mi antiguo centro, aquel que había abandonado hacía ya 10 o 12 años, a mis antiguos compañeros, a los alumnos, aquel ambiente que dejé.
Nada más lejos de la realidad.

Yo había dado clase de filosofía, allí, cinco años, pero ese periodo, que fue significativo en mi vida profesional, no era nada en la vida de un centro. Casi nadie me hubiera echado de menos si no hubiera estado allí. En aquella comida encontré promociones enteras de profesores, que sentían el centro tan propio como yo, y a los que no conocía de nada. Alguien, que había sido director antes de mi llegada al insti, habló largamente en el acto de presentación y nombró a gente, supuestamente muy conocida en su momento, y a quien no conocía de nada. Pasaron, con un proyector, una presentación de fotos de diferentes épocas. Todas me resultaban tan ajenas como si hubieran sido de otra escuela. Aunque en algunas, reconocí a antiguos compañeros, yo no aparecía en ninguna.

Es cierto que en la comida encontré un grupo de profesores conocidos, pero el encuentro con los pocos alumnos que acudieron también fue decepcionante. Fueron exactamente tres, un hombre y dos mujeres, y aunque ellos aseguraban que yo les había dado clase, no los recordaba de nada. Es más, me recordaron algunos viejos chistes, que se supone que habían hecho mucha gracia en aquel ayer, pero, ahora, sacados de contexto, ni yo los recordaba, ni me hacían ninguna.

¿Qué quedó del pasado? ¿Ubi sunt? Son preguntas que siempre me llenan de perplejidad.

Aquel instituto que que existió, para mí, con una personalidad definida y estable –porque que en él estuve cinco años- era solo uno de los múltiples institutos que se habían sucedido uno tras otro, sustituyéndose infatigables, en el mismo edificio. Digo el mismo edificio pero ese es otro modo de mentir. El cambio en diez o quince años había sido tan enorme que también al instituto por dentro me costaba reconocerlo. Muchos de sus espacios habían cambiado de función y para ello habían sido completamente remozados, nada que ver con los espacios que yo conocí.
 
Supongo que me acordé de Heráclito –parece inevitable- y su “todo fluye y nada permanece”. 

Al final de la comida, los tres alumnos y yo nos intercambiamos los mails y tome nota del blog de estética que escribía una de ellas, creyendo sinceramente, en aquel instante, que lo leería y seguiríamos en contacto.

El día me había dejado el regusto amargo que dejan los funerales. El típico “No somos nadie”.

Pese a todo, el alumno dijo que le sirvieron mucho en sus estudios posteriores las clases de lógica que les di.

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