12 noviembre, 2013

Una anécdota de montañeros.



En el pueblo de montaña donde paso el verano hay un grupo de senderismo que se encarga de gestionar el refugio de montaña de la zona.

Durante la primavera y el verano, cuatro o cinco voluntarios, gente de la directiva y algún otro miembro muy implicado en el grupo, acarrearon en sus mochilas, y subieron con gran esfuerzo hasta el refugio, los materiales necesarios para construir un banco corrido en una de sus paredes exteriores.

Al final del verano, el banco estaba construido y la directiva lo contó, orgullosa y con alegría, en una reunión del grupo. Había allí, como siempre, gente muy diferente, montañeros jubilados, montañeros ocasionales, gente del pueblo de toda la vida, personas que escalan, veraneantes que únicamente acuden a las marchas que se organizan en el verano... en fin, gentes de todo tipo.



En aquella reunión, alguien que aparece muy de tarde en tarde por el grupo contó que él había subido al refugio muy recientemente y había visto el banco construido. Quería aprovechar aquel momento para celebrar la obra realizada y al mismo tiempo no perder la oportunidad de aportar su idea para mejorar las cosas. Su idea era que, dado el número de gente que sube a la montaña en verano, el banco construido resultaba insuficiente, y que se debía construir otro igual -cuando fuera posible- en la pared del refugio que aún queda libre.

Insistió en el "cuando fuera posible". Todo un detalle por su parte.

Nadie de la directiva utilizó palabras soeces para responder a su "idea", en realidad nadie respondió ni dijo nada. Escucharon su "idea"como el que oye llover.

En la entrada de ayer hablaba sobre el abismo que ponemos entre ideas y realidad. La entrada de hoy habla de lo mismo. La gente que realmente hace las cosas es mucho más modesta en sus propuestas que aquellos que no tienen que poner en práctica ninguna de sus brillantes ideas.

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