05 octubre, 2013

La mujer que quiso cuidar a su madre.

Hoy quería hablar de una dentista que trabaja muchas horas y que dedicaba su poco tiempo libre a ir a la Escuela Oficial de Idiomas. De ese modo la conocí y poco más se de ella. 
El día que la encontré llevaba un tiempo sin verla porque ella había dejado de ir a las clases. Me explicó la razón: Pensaba dedicarse a cuidar a su madre anciana. Esto fue hace unos años y yo la escuché con cierta sorpresa. No me veía paseando lentamente a mi madre, como se ve a algunos hijos por la calle, y que alguien hubiera decidido renunciar a estudiar inglés por hacerlo me chocaba.

Mi hermana fue muy sincera recientemente hablando de la relación con mis padres: “Nosotros queremos que estén bien pero sin tener que ocuparnos personalmente de ellos.” Hablaba en plural porque nos incluía a mí y a mis hermanos. Me sentí identificado con lo que decía, pero si lo miro desde fuera me da pena. Me doy pena.

Queremos seguir viviendo a nuestro aire. Nos parece una invasión inaceptable que su vejez irrumpa en nuestra vida. Es triste este mundo nuestro en que los vínculos que tenemos con los demás, cuando éstos están viejos o enfermos, se convierten en cadenas. Pero al mismo tiempo es algo absolutamente natural. Nuestro visión colectiva de la vida es que tienes que realizarte. Entre los posibles modos de realizarte me parece raro que alguien incluya como actividad posible la de cuidar a sus padres ancianos. El otro día, un comentarista decía que era un privilegio cuidar a los padres. ¿Será posible cambiar la óptica y ver "una carga" como un regalo? 

El que quiera ganar su vida la perderá. Son palabras del evangelio. ¿Cómo podría convencerme de que perder la vida acompañando a unos padres ancianos no es perderla?

2 comentarios:

  1. Si yo pudiese recuperar a mi madre, fallecida hace ya 20 años, y que hoy tendría 79, la mimaría como a una niñita. En su casa, en el parque, recordándole todos los momentos vividos una y otra vez.La suavidad de su piel y el timbre de su voz, todos los detalles de su imagen y sus gestos y palabras están vivos conmigo. en mi memoria. Ay, si pudiera abrazarla de nuevo más allá de las imágenes.

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  2. Loia, creo que estás descubriendo el contacto con las heladas aguas del egoísmo. Y no te gusta el frío.

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