30 septiembre, 2013

Soledad

Hace un año, quizás menos, el problema era mi padre. Se quejaba, estaba deprimido, parecía que no sabía vivir tranquilo sus últimos años. Mi madre lo cuidaba y daba por hecho que, siendo ella mucho más joven, sería la cuidadora hasta el final, y él, el enfermo.

Ahora es mi madre la que está perdiendo la cabeza. Su memoria inmediata hace aguas por todos lados. No sabe qué día es, no puede recordar las cosas más relevantes que sucedieron el día anterior. Muchas veces niega sus problemas y quiere hacernos creer que está como siempre. Otras es consciente y sufre. Algunas veces llora.

Lo más estremecedor lo ha contado mi padre: Le ha pedido que no la abandone, que nunca la deje sola.

Su petición es desgarradora y al mismo tiempo la escucho con cierta frialdad. Como si quisiera que esa soledad temida no tuviera nada que ver conmigo.


Mi mujer, en relación con este asunto, es muy buena maestra. Ella, que en los últimos años tuvo mucha rivalidad con mi madre, me está enseñando a sentir compasión por ella.

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