24 septiembre, 2013

Alumnos, amistad y afecto.

Mi padre dice que las simpatías y las antipatías suelen ser mutuas. También lo creo yo.

Ayer en la calle me saludó y se paró conmigo a charlar unos minutos un alumno que terminó el Bachillerato hace dos años. Fue un ratillo muy agradable que pasó pronto. Muchas veces se establece una relación afectuosa entre el profesor y algunos alumnos y aunque, al menos en mi caso, nunca es un vínculo afectivo fuerte, sí que existe una corriente de simpatía, un deseo bienintencionado de ayudar al otro si fuera necesario, un sentimiento de que estamos a gusto en compañía de la otra persona. Tenemos la seguridad de que si el tiempo lo permitiera, si las circunstancias fueran propicias podríamos ser, de algún modo, amigos.
A mí me sucede, tanto con alumnos como con alumnas, pero me encuentro más cómodo si se trata de un chico y no de una chica. ¿Por qué? Por razones obvias. Si es un varón tengo claro –y creo que lo tiene claro todo el mundo- que no me voy a enamorar de él y que no interfiere en la relación ningún deseo sexual. 

Cuando se trata de una alumna las cosas son diferentes.

Primero: Porque desde Freud sabemos que los propios sentimientos nunca son del todo claros, ni siquiera para sus protagonistas que los viven  subjetivamente.

Segundo: Porque cuando yo veo a otro profesor charlar repetidas veces muy amigablemente con una alumna… pienso lo que pienso. Si eso mismo lo hago yo, me veo desde fuera, con la mirada de los otros y no me encuentro cómodo.


Desde mi punto de vista entre un hombre y una mujer puede haber amistad, solo amistad, pero al mismo tiempo, la otra posibilidad, “la amoroso-sexual” (por ponerle un nombre), nunca está absolutamente cerrada. Por ese motivo, la relación de amistad entre un hombre y una mujer nunca queda definitivamente definida. Siempre podría ser otra cosa.

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