25 septiembre, 2013

Se miente más que se engaña.

Machado decía “se miente más que se engaña”. ¿Cuántas veces mientras alguien nos habla pensamos que finge? A mí me pasa muchas veces. Algunas veces me ocurre cuando alguien me explica que ese cargo que acaba de aceptar le va a dar mucho trabajo y que cree que no le va a compensar lo que con él gana. Especialmente me cuesta creer a la gente cuando me dice que algo lo hace por los demás. Quizás sea que yo soy muy egoísta y me proyecto. Cuando alguien me quiere hacer creer que se está sacrificando de modo altruista desconfío por principio.

Algunos compañeros organizan excursiones de un día con los alumnos. He estado en muchos institutos y siempre hay compañeros que están dispuestos a hacerlas. Me parece muy bien, pero luego que no me cuenten que es muy sacrificado pasar todo el día fuera y volver tan tarde. Nadie les obliga a hacerlo, si lo hacen es porque quieren. ¿A cuento de qué viene luego hacerse las víctimas?

 El otro día pensaba que yo no suelo hacer eso. Que no acostumbro a poner la excusa altruista para cosas que quiero hacer. He estado pensando. También lo he hecho alguna vez. La última vez fue cuando hablaba de tranquilizantes. Decía que a veces te decides a tomarlos para no ser incómodo para los demás.

No se trata de ellos. Si eres molesto, te lo hacen saber. Eso es lo que uno no soporta.

1 comentario:

  1. Por aquello de que los medios empleados han de ser adecuados a los fines que se persiguen, se podría replicar maquiavélicamente a quien con tan poca eficacia miente que, o bien le convendría cambiar de táctica y dejar de mentir, o bien debería aprender a mentir mejor. El propio Mairena, por cierto, concluye esos versos diciendo que “el deber de la mentira /es embaucar papanatas;/y no es buena la piadosa / sino la que engaña”. ¿Cómo hay que interpretarlo?
    I.E. , otro estadista menos célebre que el italiano, decía que un buen porfesional es el que desempeña bien su trabajo, independientemente de que se demuestre o no una excelente persona.

    Acontece que un hijo se dedique al cuidado de sus padres ancianos. ¿Por qué lo hace? ¿Cumple con un penoso deber o, por el contrario, lo considera un privilegio al que no está dispuesto a renunciar?
    Y para los padres, ¿qué es mejor? ¿El hijo que estaría encantado de atenderlos pero no lo hace o ese otro que, aun considerándolo una desgracia, se ocupa de ellos en su ancianidad?
    Y los alumnos, ¿a quién preferirán? ¿Al profesor que, satisfaciendo sus propios intereses , los lleva de excursión o al que, por la misma razón, se queda en casa?

    Y ahora tú, autor de estas entradas que pacientemente lees mi comentario serás muy libre de preguntarte qué me ha movido a escribirlo.


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