19 mayo, 2013

Mañana de sábado.


Después de correr con un amigo y tras ducharme bajé solo a tomar una caña (sin compañía quiero decir) y me tomé dos. Bajé exámenes y corregí algunos. Desde hace dos o tres meses atiende la barra una chica muy dispuesta de quien solo sabía que tenía 24 años y su nombre. Era una chica que pese a su juventud, y sin ser guapa ni fea, no me resultaba sexualmente atractiva, sin embargo se hacía querer. Resultaba agradable y quería hacer bien su trabajo. Hoy la eché de menos y le pregunté al dueño del bar por ella. Está consternado. Era una chica que funcionaba bien pero ha tenido que renunciar al trabajo para cuidar a su hijo. Por lo visto tenía un niño chiquitito a quien dejaba con la abuela mientras trabajaba. Lo que son las cosas. A su madre, la abuela, le ha dado un ictus.

Qué vidas más tristes hay por el mundo. Me imagino a esa mujer durante un tiempo buscando trabajo, la alegría de encontrarlo y la esperanza de que el contrato pueda durar porque su jefe está contento con ella.

Y de repente el ictus de la madre. Y ella ante imposibilidad –por lo que se ve- de dejar el niño con nadie más.

Es dura la vida de la gente.

2 comentarios:

  1. Una chica que no aprobaría con tanta facilidad, debe de ser muy duro no resultar sexualmente atractiva a los 24 años para un hombre de cincuenta y tantos.

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  2. Loia, tu blog vale mas que los Diarios de Uriarte. Mucho mas. Enhorabuena

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