27 mayo, 2013

Encerrados en el yo

Cuando yo era pequeño me educaron en el amor como norma suprema. Los seres humanos nos teníamos que amar unos a otros. Todos nos teníamos que preocupar por todos. Mi padre me explicó que nuestra felicidad no podía vivir dando la espalda a la infelicidad de los demás. De algún modo solo podríamos ser felices si todos éramos felices.


Esto está bien pero cuando te educas pensando que los seres humanos debíamos ser así te sientes siempre decepcionado de cómo somos. Decepcionado de cómo soy.

Al tener un ideal tan exigente cualquier realidad es pobre. Por ejemplo, el amor que se tienen las familias, por ejemplo: yo con mis hermanos y hermanas, con mis sobrinos. Cada uno hace su vida y es difícil que te importe realmente lo que les pasa. Claro que me duele si les sucede una desgracia, claro que lamento cualquier enfermedad o revés de la vida en ellos pero ¿durante cuanto tiempo? De lo que me ocupo son de mis pequeños asuntos diarios que –por supuesto- me causan mucho más disgusto o alegría que los grandes asuntos ajenos.

Me parece doloroso que nos importe tan poco (que me importe tan poco) las tragedias de otros. Supongo que es ley de vida pero…

“A un terrateniente caribeño le informaron de que había habido un terremoto en la isla y que todo un barrio se había hundido causando muchos muertos.

- Me alivia saberlo. Pensé que estaba sufriendo un mareo.”

La anécdota, que es de una terrible crueldad, se asienta en el núcleo de nuestra vida. Nos importa más una herida en nuestro dedo que el hundimiento del mundo. Durante un tiempo torturó mi autoestima el pensar que el dinero que nos gastamos en cosas innecesarias en el primer mundo aliviaría el hambre de muchos en otros países. Pero yo prefería tomarme una caña que dar ese dinero a una ONG.

Creo que me hice de pequeño una imagen demasiado idealizada del ser humano. Siempre me creo que el dolor de los otros (o sus alegrías) nos tendría que afectar más. Y me veo encerrado en mi yo, todo lo más en el yo ampliado de mi familia más cercana.

Y no me gusto.

1 comentario:

  1. Pues a mí (al igual que el anónimo, tampoco yo lo conozco) me cae usted bien. Me parece una buena persona y admiro esa cualidad suya de abrirse en canal. Yo que siempre me dejo los detalles de las circunstancias en el tintero. Todo lo más enseño las cicatrices, porque ni me gusta recordarlos, ni a las gentes, por más que disimulen, les importa nada que vaya más allá de su crónica. En eso estamos de acuerdo.

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