06 abril, 2016

La meditación y los demás.

La mujer nigeriana que cuida a mi padre pasa ratos rezando y leyendo la Biblia. Esta lectura le sirve para entenderlo porque en la Biblia está escrito -me explica- que el hombre es niño dos veces. Cuando nace y en la vejez. Mi padre es caprichoso, no tiene paciencia, le gusta mucho el dulce y cuando está cansado –que es frecuente- pone voz de llanto.

Una cosa de la que me siento orgulloso en mi conducta en relación con la meditación y los demás es que desde el primer día tuve claro que los ratos de silencio no podía ser ratos que perjudicaran a otros. Cuando jugaba al ajedrez en Internet –partidas de cinco minutos, en las que no podías perder ni unos segundos- me cerraba a los demás y tuve peleas con mi mujer por eso.

Cuando comencé con la meditación me hice el propósito de que escuchar el silencio no significaría anteponerlo a la atención al prójimo. Y así es en general.

El otro día llamó mi padre para que bajara a su casa justo cuando iba a empezar a meditar. 

Pues eso. Que bajé inmediatamente sin plantearme nada más. 

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