08 diciembre, 2015

ROJO 3

El día que llegué al Instituto con el pelo teñido fue para mí una fiesta.

Antes de ir a la primera clase, un montón de alumnos, a los que enseguida llegó noticia, se habían agolpado ante la sala de profesores para verme salir.

Más adelante, algún grupo, al final de la clase me pidió si se podían hacerse un selfie conmigo. En otra clase una alumna me pidió lo mismo, pero ella sola. En un instante se puso a mi lado, y no tardó ni dos segundos en marcharse feliz con su foto. Para enseñarla a sus amigos o a sus padres supongo.
Por unos segundo que creí que yo era Mario Casas. 

¿Por qué creo que les gusta a los alumnos una extravagancia como esta? Los adolescentes, aunque tengan fama de tener una actitud de rebeldía, son muy conscientes de los usos y costumbres sociales y les parece grave infringirlas. Tienen muy exacerbado el sentimiento del ridículo y ser censurado por el grupo, si no cumples sus normas, les parece serio. Con la edad, la espontaneidad del niño ha desaparecido asfixiada  por el corsé de las normas sociales, pero al contrario que los adultos aún no han hecho de estas normas su segunda naturaleza,  y las viven como algo impuesto que coarta su libertad.

En sus perfiles digitales, cuando se presentan a sí mismos, no son pocos los que dicen “estoy muy loco”, “mis amigos dicen que estoy loco” o similares. Cualquier pequeña infracción de los convencionalismos sociales les parece salirse del papel que la sociedad nos marca y en seguida lo califican de loco.

Cuando alguien se sale del rol de profesor y hace una gamberrada como la de mi pelo, los adolescentes tienen sentimientos ambivalentes. Por un lado, quizá a los más conservadores, les moleste que el profesor no respete los usos vigentes, algunos hasta sentirán vergüenza ajena. Por otro, son muchos los que ven en el gesto una defensa de la libertad frente a la presión social. No sé trata solo de que estén deseando que sus padres les dejen tatuarse, ponerse piercing o teñirse. Lo que todos desearían es poder vivir y vestirse como quisieran sin temor al qué dirán. Si a alguien le importa el qué dirán es a un joven.

Teñirse el pelo de rojo es algo profundamente dependiente de los demás. Nadie se tiñe para quedarse en su casa. Pero ellos no ven esa parte. Solo ven que quien lo hace no parece tener miedo a la burla, a la maledicencia o al desprecio. En cierto sentido llevan razón. Hacer algo así es un acto de autoafirmación, y ellos están deseando reafirmarse. Es decirle al mundo: poned las normas que queráis, yo hago lo que me parece.


Como acto de contestación, no se ocurre nada más superficial ni más inocente que lo que he hecho, y sin embargo, lo que percibe un joven es que es posible vencer uno de sus temores más profundos: el miedo a la dictadura del grupo.

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