02 septiembre, 2015

Gato no. Gatos.

El gato nuevo lo encontramos en el río, en una zona de baño. No hay casas cercanas y claramente parecía abandonado. Está en los huesos. Mi mujer se acercó, él se dejó coger y ella no tardo ni un minuto en decidir que nos los llevábamos. El veterinario considera que tiene cuatro meses. Le hemos puesto de nombre Zepám. Es una pena que el primero sea ya “conejito” y no sea una gata. “Lora” y “Zepám” harían una excelente pareja.
Se lo cuento a una amiga (que no entiende que quiero usarlos como ansiolítico) y me propone “Ibu” y “Profeno”.

La aparición de segundo gato ha modificado las ideas que teníamos de primero. Ahora este nos parece demasiado grande, casi gordo. Sus movimientos son muy lentos comparados con el nervio y la energía que tiene el pequeño.  Y el interés que muestra por nosotros Zepám es enorme (ronronea siempre que lo coges), al tiempo que el de Conejito ha disminuido con los meses.
Se llevan bien. Se revuelcan por el suelo peleando entre ellos sin emitir ningún aullido, lo que indica que no se hacen daño.


El otro día, el pequeño estaba sentado en una banqueta dentro de la cocina, donde no los dejamos entrar. Un descuido había hecho que la puerta se quedara abierta y desde fuera lo miraba el grande sin atreverse a entrar él y como diciendo “Esta juventud no respeta nada”.

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