17 septiembre, 2015

Dinámicas

El psicólogo al que vamos mi mujer y yo para aprender asertividad, tranquilidad y de todo, nos pide que algunos momentos nos centremos en el momento presente, en todo lo que que podemos percibir, en todo lo que pasa a nuestro alrededor, en cualquier sensación que notemos. No futuro, no pasado, solo presente. No pensar, sentir todo en ti mismo, sentir todo a tu alrededor. No tener la atención fija en algo sino en todo.

Dice que si te acostumbras a hacer eso de vez en cuando de alguna manera influye en los momentos que no lo haces.

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El otro día me proponía el siguiente ejercicio. Mira por la ventana y fíjate en todas las ventanas que ves. Intenta imaginar todas las vidas que puede haber tras cada una de las ventanas. Dice que si eso lo hago de vez en cuando me ayudará a no centrar la atención en mis minúsculos problemas. Del mismo modo que levantar la vista y mirar la lejanía ayuda a descansar los ojos pensar en otras vidas nos ayuda a liberarnos de la nuestra.

Lo que más me cuesta creer es que hacer eso algunos minutos pueda influir el resto del tiempo.
Sin embargo se me ha ocurrido que hay dinámicas que una vez aprendidas las convertimos en una práctica que queremos aplicar a todo.

¿No os pasado nunca el querer ampliar una foto como si estuviera en una pantalla táctil cuando no lo está?

¿No habéis querido, viendo la tele, rebobinar una película que en realidad no podéis rebobinar porque no es un video?


Quizás hay prácticas que una vez que se aprenden se extienden a otros momentos. 

2 comentarios:

  1. Ahora tengo una infección en la boca. Ocupa todo mi presente. Se extiende como una extensión enorme que no cesa. Y es malestar.

    Hoy he hecho algo muy raro respecto al instituto. Si se supiera todos pensarían que estoy loco, sería considerado alguien muy extraño. No sé si avergonzarme o qué. Realmente es absurdo. No sé si sentirme mal o peor, pero he deseado hacerlo.

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  2. En De vidas ajenas conté la visita que hice entonces al viejo psicoanalista François Roustang, pero sólo conté el final de la misma. Ahora cuento el comienzo: la única sesión fue densa. Le expliqué mis cuitas; el dolor incesante en lo más profundo de mi ser, que yo comparaba con el zorro que devoraba las entrañas del niño espartano en los cuentos y leyendas de la Grecia antigua; el sentimiento, o más bien la certeza, de estar en posición de jaque mate, de no poder amar ni trabajar, de hacer sólo daño a mi alrededor. Dije que pensaba en el suicidio y como, a pesar de todo, había ido a ver a Roustang con la esperanza de que me propusiera otra solución, al ver que para mi gran sorpresa no parecía dispuesto a proponerme nada, le pregunté, a modo de última posibilidad, si aceptaría psicoanalizarme. Yo ya había pasado diez años en los divanes de dos colegas suyos sin resultados notables; al menos, eso era lo que yo pensaba en aquel momento. Roustang respondió que no, que no me analizaría. Primero porque él era demasiado viejo y segundo porque a su entender lo único que me interesaba del análisis era poner en apuros al psicoanalista, que yo me había convertido visiblemente en un maestro de este arte y que si quería demostrar por tercera vez mi maestría en la materia él no me lo impediría, pero, añadió, «no conmigo. Y si yo fuera usted, probaría otra cosa». «¿Qué?», pregunté, investido de la superioridad del incurable. «Bueno», respondió Roustang, «ha hablado de suicidio. No tiene buena prensa en los tiempos que corren, pero a veces es una solución.»

    Guardó silencio después de decir esto. Yo también. Luego agregó: «Si no, siga viviendo.»

    El Reino. Emmanuelle Carrère.

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