17 julio, 2015

Tras la muerte 2.

Fue en el funeral de la suegra de mi hermano. En Castilla, muchos funerales terminan con los familiares en primera fila recibiendo el pésame de todos los asistentes que se pasan por allí uno a uno a dar la mano o un abrazo.

Me acerqué serio. Besé a mi cuñada, di la mano su hermano, al otro hermano y al final besé a su hermana. No sé si fue antes de que yo le diera el pésame o después que su hermana me dijo: “Leí tu libro y me gustó mucho. No había tenido ocasión de decírtelo.”

Me quedé perplejo. Supongo que le di las gracias. Me pilló por sorpresa porque yo me acercaba solemne a decir eso de “te acompaño en el sentimiento” y suponía que los hijos estaban pensando en la madre muerta. Pero por otro lado se entiende perfectamente. Nos conocemos de dos o tres veces que hemos coincidido en algún evento familiar. Íbamos a tardar años en volver a vernos. Ella me ve, se acuerda de mi libro y aprovecha el momento. Así de simple. Su madre se ha muerto pero la vida va a seguir y si no me lo dice entonces no podrá decírmelo. El que ve los toros desde la barrera, aquel a quién no se le ha muerto alguien querido, piensa que los familiares directos tienen que estar destrozados y pone la cara que cree que hay que poner ante la muerte de una madre. Pero a la hija, que en realidad es la más afectada, le parece natural sonreir y darte la enhorabuena por tu libro. 

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