28 mayo, 2015

Matar la ingenuidad.

Decía mi padre que a veces somos los propios adultos los que enseñamos la maldad a los niños. Hace muchos años, los domingos por la mañana se llevaba a los nietos con el coche al campo y en alguna ocasión, al volver, les compró alguna chuchería antes de comer. “Pero no se lo digáis a la abuela, que luego dice que no coméis por eso”. Es decir, enseñando a los niños cómo los adultos ocultan las cosas y engañan. 

Una maestra me contaba la explicación que dio a un alumno para que no hiciera el examen con lapicero sino con bolígrafo.
“El hacerlo con bolígrafo es para que quede constancia exacta de lo que tú has escrito. ¿No te das cuenta de que si lo haces con lapicero yo podría borrar lo que has puesto y suspenderte?”

El niño pequeño debió mirar a la profesora asombrado. Sin querer, lo habían introducido en un mundo retorcido y malvado. El mundo de los adultos.


¡¿Mi maestra borraría lo que he escrito con lapicero para suspenderme?!












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Hoy hemos evaluado a los de segundo de Bachillerato. Ya he dejado en este blog constancia otros años de un día como hoy. El descanso que experimento es tremendo. Me quito seis horas semanales de clase y ya tomé las difíciles decisiones que a veces hay que tomar con las calificaciones. Para que pueda ir a selectividad, ahora y no en septiembre, aprobé a una alumna porque solo le iba a quedar la mía. Alguno de mis compañeros no hace eso ni en septiembre. Lo cual me beneficia, así los alumnos nunca se confían y saben que abandonar una asignatura es arriesgar mucho. La nota de esta alumna la he tenido dudosa hasta el final, pero cuando he visto las demás aprobadas no me lo he pensado dos veces. Hay quien dice que los malcriamos. 

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