06 mayo, 2015

Humores.

Alain de Botton decía en un libro sobre el amor que el amante no siente ningún asco ante el cuerpo del amado. Puede chuparlo completo experimentando placer, en lugar de asco. Eso solo se da en la madre con su hijo pequeño y en los amantes. De Botton cree que ese es uno de los placeres de sentirnos amados, que nos retrotrae a la infancia donde nuestra madre nos quería sin ninguna muestra de asco.

No somos conscientes hasta que no nos vemos obligados a tocarlo, pero el cuerpo de otro, si no es el cuerpo del amante, produce repugnancia. Al menos así lo experimento yo. En realidad en nuestra cultura, nos tocamos poco o nada entre nosotros, y cuando nos vemos obligados a hacerlo –a excepción de la espalda o el brazo de alguien- su contacto nos produce rechazo.

Especialmente repugnan los líquidos y todo tipo de humores. Sudor, orín, lágrimas, mocos, sangre, vómito. Abrazo a mi madre y le doy besos en las mejillas, pero quitando estas dos manifestaciones de cariño su cuerpo me produce horror. Muy rara vez la vi desnuda cuando era joven y preferiría no hacerlo ahora. Creo que a mis hermanas les pasa lo mismo. En la residencia la duchan, la secan… son tareas que me costaría muchísimo hacer. Quizás solo fuera vencer el primer pudor y luego la cosa fuera sencilla. No lo sé. Ignoro si es lógico que esos servicios tan íntimos se los presten a los ancianos personas ajenas a la familia, pero parece que así es en el mundo actual. Al menos yo no conozco otra cosa.


El cuerpo del otro: ese desagradable desconocido.

Supongo que para San Francisco de Asís o la madre Teresa de Calcuta eso no sería así. Quizás si yo estuviera inflamado de amor, la ternura se sobrepondría a todo, pero no es mi caso. 

1 comentario:

  1. Creo que en la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo y el de los demás hay profundas diferencias entre culturas. He vivido en oriente una cercanía corporal mayor que la que se experimenta aquí. Los autobuses y medios de transporte van tan llenos que es inevitable el contacto físico. Hablo de que en un autobús donde caben cincuenta personas van ciento cincuenta si no más. No es extraño el roce, el que una mujer cualquiera que va a tu lado ponga su cabeza en tu hombro para dormir un rato. Es normal. Es raro es círculo de soledad que establecemos entre nosotros. Los niños no tienen distinción de su cuerpo con el de la madre, y entre ellos hay una gran cercania física y contacto que permanece hasta la adolescencia. Luego nos vamos alejando físicamente, estableciendo barreras inmateriales. El deseo nos lleva a desear poseer otros cuerpos. Si uno es promiscuo no le hace asco a nada. Hay gente que ha follado en su vida con cientos si no miles de personas. Los gays son mucho, por lo que sé. Para el común de los mortales queda la monogamia y es ese cuerpo el que tocamos. Es la excepción. Lo recorremos, lo acariciamos.

    Yo hice algún curso de masaje y me gustaba darlos. Iba buscando personas que desearan recibir un masaje -no de fisioterapia, más bien energético, empatizante- y me costaba que la gente se dejara tocar. Yo tenía alguna habilidad en transmitir y generar buenas vibraciones. Creo. Ahora no lo haría. Para mí ahora los cuerpos son un misterio. El mío, el de mis hijas y tal vez el de mi mujer. Pero somos esencialmente cuerpo, tal vez solo somos eso.

    Sí, hay una gran distancia insalvable entre los cuerpos. No hay nada más ominoso que la playa de Levante, esa que tanto le gusta a Iñaki Uriarte en Benidorm, que ver a decenas de miles de personas llenas de mejunjes y potingues, tres por metro cuadrado compartiendo el espacio de la playa en una apoteosis horrenda de la carne. Porque otro mito es el de la belleza del cuerpo humano. Quia. El cuerpo humano es horrible. Feo, Antiestético. Solo esas supermodelos retocadas con photoshop son perfectas. La realidad es muy otra.

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