04 abril, 2015

¿Contra Iñaki Uriarte?

Conozco una persona que no trabaja. Vive en el pueblo donde paso los veranos. Lo conocí, de oídas y a través de un amigo, hace lustros. Había ganado un premio literario con una novela en la que describía el delirium tremens, algo que conocía en primera persona. Después de eso entró en un desierto creativo. Vive soltero, con sus padres y tiene mi edad. Hace años, quizás en broma, quería que sus amigos, ya con trabajo, lo financiaran pasando una pequeña cantidad cada uno. Ellos se convertirían en mecenas y él en un escritor de éxito. Esporádicamente ha impartido en algún sitio un taller de escritura. Cobrando cuatro perras, supongo. ¿De qué vive? ¿Quién le paga el tabaco? ¿Quién le paga las copas? Sus padres, claro.

Quizás estos datos estén ya desactualizados. Puede que, sin yo saberlo, hace diez años entró como secretario en una oficina y desde entonces haga una jornada de ocho a tres. Cuando yo lo veo en el cine, en un bar, nunca en un supermercado, por el pueblo, veo al personaje del que me llegó noticia entonces: Un tipo de cincuenta y pico que no ha trabajado nunca, que siempre ha vivido de sus padres y que un día seguirá viviendo, no con lujos, pero sin trabajar, de alquilar las cuatro tierras que herede.

No me cae bien. Me fastidia que alguien pueda vivir así. Me revienta que haya burlado una condena que parece universal. Es cierto que su vida tiene limitaciones que no hubiera querido para mí: viviendo de sus padres no ha podido casarse ni tener hijos. Pese a todo, sospecho que mi antipatía nace de la envidia.
¿A qué viene todo esto? Iñaki Uriarte ha conseguido que me enamore de un personaje parecido: él mismo. Siempre creyó que en la vida había huecos donde uno podía colarse y vivir como un okupa. Si haces lo que los adultos te han dicho que es imposible hacer, descubres que es posible, dice. Cito de memoria. ¿Por qué me cae tan bien un rentista y tan mal el otro? Veo en uno a un rebelde que ha burlado la presión social, y en el otro a un jeta que tendría que estar corrigiendo exámenes  (como yo) y que se pasea por Gredos cuanto quiere y escribe lo que le da la gana cuando le da la gana. Lo que a mí me gustaría hacer. Son lo mismo: rentistas. Uriarte con más nivel económico pero lo mismo.

¿Una cosa es la literatura y otra la realidad? ¿Una cosa es el gamberro gracioso de una película que se pasa el día de farra y otra tenerlo como vecino? ¡Qué injustos somos los humanos!


Pese a todo, Uriarte me encanta.

3 comentarios:

  1. Uriarte tiene gracia, te llega a resultar entrañable aunque tu modo de vida haya tenido que aceptar todo tipo de renuncias que, en mi caso, no lo han sido. Supe que quería tener una familia y ello supone multitud de claudicaciones de todo tipo. La vida de Uriarte solo es posible en soledad, sin responsabilidades. No envidio su vida porque yo, en mi caso, he sabido armonizar el trabajo con una vena creativa a que no he renunciado. Un tiempo pensé que me gustaría ser viajero y pasarme toda la vida viajando, pero me di cuenta que viajar era muy duro. Viví experiencias de tres meses en soledad por el sudeste asiático. Pasas malos momentos, muy malos, aunque el sabor de boca que te queda después es el de haberte enfrentado a un reto del que ha salido airoso. Creo que he podido colmar mis expectativas. No desearía haber sido Uriarte al que pronostico una vejez muy difícil. Para todo será, pero él está solo y lo que tiene gracia ahora luego dejará de tenerla. Yo me doy cuenta de que soy un medio artista. No podría haber vivido del arte. No tengo esa presunción ni esta altura. Pero he hecho en parte todo lo que he deseado. Uriarte tiene gracia, eso es cierto, pero no idealizo su vida ni entiendo por qué le encanta Benidorm. Casi he tenido la tentación de irme allí quince días para entenderlo. Solo he visto Benidorm desde Altea y he pasado con un autobús por allí. Me pareció espeluznante, pero sé que hay gente que lo tiene en un pedestal. ¡Qué cosas!

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  2. Trabajar de ocho a tres. Mucha gente diría: quien lo pillara. Unos porque no trabajan nada y otros porque trabajan 14 horas diarias. Da igual, pongamos que te toca trabajar como limpiador de coches en un aparcamiento subterráneo, no hace falta imaginar, basta pasarse por un aparcamiento de centro comercial. Así es que siempre puede haber alguien que nos mire a nosotros y piense algo parecido a otro nivel, que somos unos tipos con suerte que tienen un trabajo digno y bien pagado. Últimamente me acuerdo a menudo de una de las consecuencias del imperativo categórico kantiano: el ser humano es un fín en sí, no debe ser usado nunca únicamente como medio.

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  3. Seguro q hay muchos q miran mi trabajo con envidia. Y piensan q soy un privilegiado. Y llevan razón.

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