28 marzo, 2015

Extraña división

La primera vez que actuó en público con su chello le temblaban las manos y apenas si podía sostener el arco. Sin embargo no se sentía nerviosa. Esto me contaba una amiga. Que aunque ella, por dentro, no se sentía nerviosa, su cuerpo sí.

Algo así me sucede con mi madre. No me da pena. No sufro cuando estoy con ella. La paseo, la veo llorar a veces, pero no puedo sentir pena. Me he acostumbrado a su enfermedad y estoy resignado. Hasta el punto que a veces pienso que no la quiero.

Si alguien me viera actuar diría que quiero a mi madre, me comporto como un buen hijo, al menos como uno medianamente bueno, pero si pudiera estar dentro de mi cabeza quizás pensaría que no la quiero.

Yo no estoy seguro de nada. El otro día, cuando mi amiga me contó que le temblaban las manos pero no se sentía nerviosa me pareció que lo mío podía ser algo así. Una división extraña, entre lo que hago y lo que siento. La quiero, pero tengo instalada la indiferencia en el pecho, para no sufrir más. 

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