26 octubre, 2014

El último día del verano.

Esta entrada viene de aquí. 
Lo que vais a leer lo escribí a comienzos de septiembre. A mediados. Lo escribí en dos días. Lo comencé a escribir antes de ir al médico y lo terminé una vez que ya me había recetado Escitalopram 10 (un comprimido) y Lorazepam (medio por la mañana y medio antes de dormir).

B, el amigo médico con el que paso el verano, me ha convencido de que depresión y ansiedad son lo mismo, o caras de una misma moneda. Por esa razón cuando se quiere tratar la ansiedad a largo plazo se prescriben antidepresivos.
Hace unos días tomé una decisión muy importante en mi vida. Voy a tomar antidepresivos. O de otro modo, voy a ir al médico para que me los recete.
El verano pasado terminó con una frase contundente de mi mujer. “Estás de psiquiatra”. Esto no era un insulto, o no solo, era un diagnóstico. Entonces lo tomé como un exceso verbal, que no son extraños en ella, al fin y al cabo la frasecita  había sido pronunciada dentro de una discusión en la que hacíamos balance del verano.  Aquel mismo verano mi amigo B. dijo que yo era un ejemplo claro de TAG (Trastorno de ansiedad generalizado). Pero lo que no dijo es que debiera medicarme. Cuando yo le preguntaba sobre eso él siempre insistía en la autonomía del paciente. Si tú llevas una vida con la que estás a gusto y crees que no lo necesitas no te mediques, si por el contrario te sientes insatisfecho con ella y quieres mejorarla hazlo.
Este verano terminó con una cena en casa de unos amigos en la que, sin motivo, no solo monté un pollo sino dos.
Primero me empeñé en cantarle las verdades del barquero a un amigo, lo que llevó a que mi mujer se enfadara conmigo y se fuera. Tras mis disculpas por haber estropeado la noche la cena continuó y en el fragor de la charla volví a estropearla por segunda vez.
Les planteé el problema de las tres puertas y como se resistían a admitir como verdadera la solución correcta les mostré su error con tal desprecio y tanta chulería que uno de ellos (es un conocido y casi no hemos tratado) se levantó con la actitud amenazante del que te va a partir la cara. Cierto que yo le había dicho que no se atrevía a apostar dinero porque no tenía huevos. Como no soy físicamente violento, verbalmente puedo serlo mucho, me di cuenta de mi error y a partir de ese momento rectifiqué.

Aquella cena hizo que se encendieran todas las alarmas. Esa tarde, con la intención de que no sucediera lo que sucedió me había tomado medio orfidal. Me cuesta creerlo, monté la escena más fea de todo el verano estando “tranquilizado”. Desde ese día tengo la seguridad de que algo no va bien en mi vida. Ésta puede ir mejor si tomo pastillas. Por eso decidí ir al psiquiatra y ya me ha recetado un antidepresivo y (mientras este hace su efecto) un ansiolítico. No considero que esto sea una crisis pasajera, creo que es un problema estructural. Pero ya veremos. De momento solo lo sabe mi mujer. No quiero decírselo a nadie porque parece que es hacer más grande la enfermedad.


Siempre he tenido un prejuicio. Si no tomas pastillas no estás enfermo. Si las tomas sí. Para mí solo existían esas dos posibilidades. He descubierto que existe otra: que tengas problemas y estés sin medicar. Esto es lo que no quiero que me suceda. Y me he resignado a aceptar mi condición de enfermo. Lo hago como quien se rinde. Tengo miedo de perder con las medicinas algo de ese genio, que también le da gracia a la vida. Aún tengo soterrada la creencia de que podría sujetar mis nervios por mí mismo. Embridarlos, como se supone que he hecho este curso pasado, que no tomé pastillas habitualmente. Pero es una creencia falsa. Algo que debo desterrar. Llevo mucho tiempo viviendo en la cuerda floja. Creo que a partir de ahora voy a vivir mejor. 

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