20 enero, 2014

A la caza del Octubre Rojo.


Vivíamos en Arenas. Muchas noches, a las tantas de la madrugada, me despertaba un agudo pitido que no sabía de donde procedía. Era el pitido sencillo y repetitivo de esos relojes antiguos, aquellos relojes Casio negros que se llevaron tanto en otros tiempos. Pitaba medio minuto o menos, el tiempo suficiente para despertarme, y luego se callaba hasta la siguiente noche. Se ve que el resto de la familia o no lo oía o sin prestarle atención seguían durmiendo tan tranquilos. A mí, algunas noches, me dejaba despierto y desvelado.

Había que hacer algo. La alarma sonaba dentro de casa y suponíamos que era un reloj nuestro, abandonado, que se había quedado programado para sonar de madrugada. Un noche, cuando ya había dejado de sonar, decidí que a la noche siguiente me levantaría y localizaría donde estaba.

Pero la cosa no fue tan fácil. Creo que fueron dos noches las que me levanté tanteando y siguiendo su pitido bajé al piso de abajo (en Arenas hay dos pisos) pero el condenado dejó de sonar antes de que pudiera determinar de dónde procedía su sonido. Sabía que era en el piso de abajo, pero por más que busqué no encontré el dichoso relojito.

“A ti te espero yo”. Como siempre sonaba a una hora fija puse mi despertador cinco minutos antes. Fue fácil. Cuando comenzó a sonar ya estaba yo alerta en el piso de abajo con un único objetivo en la vida. Lo encontré en un cajoncito del servicio pequeño. Allí estaba, olvidado e inútil, pero haciéndome la puñeta cada noche. No recuerdo qué hice con él.
 

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