23 marzo, 2012

Una mujer entregada

Lleva desde principio de curso en mi instituto una interina a la que conocía de vista de la juventud. Creo que no me había sucedido nunca, haberme fijado en una mujer (yo me fijo en muchas) y de repente tenerla de compañera de trabajo. No la conocí de joven y ahora apenas si hemos cruzados algún hola y adiós en los pasillos.


Lo curioso es que es una conocida muy antigua.

Llevo casado 23 años más o menos.

Mi mujer y yo fuimos novios durante siete años.

De aquellos años tengo muy buenos recuerdos de cuando íbamos a los jardines de Colón, que entonces tenían árboles y estaban suficientemente oscuros en algunos de sus extremos. Tengo algunos recuerdos muy vívidos de aquellos primeros encuentros sexuales. Los recuerdo con alegría.

Estos días ha venido a mi memoria alguna tarde de aquellos años pero no recordando los jardines de Colón sino otro lugar al que mi mujer y yo fuimos alguna vez a besarnos.

Se trataba de una cafetería de planta baja con un salón cerrado en el semisótano al que acudían exclusivamente parejas a besarse. Lo recuerdo como un sitio triste y vulgar, absolutamente carente de glamour o gracia. No puedo entender por qué me parece tan despreciable aquel el lugar. Ya os he dicho que tengo recuerdos hermosos de los ratos pasados sentados en los bancos de Colón o abrazados contra el muro del fondo en ese mismo jardín, y lo que nos ocupaba entonces era exactamente lo mismo.

Quizás lo que hacía sórdido aquel sitio era el hecho de tener que compartir a la fuerza la intimidad. Cinco, seis, siete parejas abrazadas y besándose en aquel semisótano, seguramente refugiadas allí asustadas por el tremendo frio castellano del exterior. No tengo buen recuerdo de aquel sitio, en realidad casi no guardo ninguno, y creo que debieron ser pocas las veces que acudimos allí.

Pero si recuerdo a la vieja conocida que ahora es mi compañera de trabajo.

Estoy absolutamente seguro que la tuvimos alguna vez enfrente en aquel sitio. No es que yo pudiera fijarme en otras parejas mientras nos besábamos. Supongo que es una visión que se produce al llegar al bar, mientras te pides las bebidas, mientras te las tomas

Y lo que recuerdo es que era ella, y no él como solía ser frecuente en otras parejas, la que solicitaba más y más besos de su novio. La recuerdo entregada (llamadme carca si queréis) y recuerdo que su actitud no me parecía adecuada. Quizás él se mostraba distante, frio, desdeñoso, no puedo recordar bien, y eso aún hacía más llamativa la actitud de ella. Ella era una mujer enamorada, rendida ante el hombre, llena de deseo sexual, aunque allí nadie pasara de los besos y abrazos.

Me hace gracia verla ahora por los pasillos de mi centro de trabajo y pensar que en mi cabeza guardo un secreto tonto sobre su pasado.

¿Estará casada con el chico con el que yo la vi tan acaramelada? Aunque yo sigo con mi mujer algo me asegura que es altamente improbable.

¿Seguirá siendo tan cariñosa ahora en la intimidad de su alcoba?

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