06 noviembre, 2016

Vivir en la cabeza.

Me pregunta alguien si noto los efectos de la meditación. Le respondo la verdad. Que no sé. O que no lo noto especialmente. Que me parece muy difícil juzgar si estoy más tranquilo –por ejemplo- o no.

Sin embargo creo que ahora sé –de alguna manera vivencialmente- más cosas que antes. Por ejemplo, he descubierto hasta qué punto he vivido toda mi vida en la cabeza. Para mí todo son ideas y lo que más me han interesado han sido las ideas. Me ha gustado mucho salir a la montaña pero  como normalmente iba con alguien hablando, me centraba de tal manera en la conversación que la realidad en derredor me pasaba casi desapercibida. Es más, si miraba el paisaje o me centraba un rato en ver el cielo, las flores y las montañas me sentía impelido a tener algún pensamiento sobre ellos. Pensar algo sobre la naturaleza, o sobre cuál era mi motivación para estar allí o sobre la belleza. Pensar en lugar de contemplar, en lugar de percibir sencillamente. Es que no sabía ni siquiera teóricamente qué era contemplar.

Siempre he dicho que a mí la realidad empírica me resulta aburrida. A mi mujer le gusta hacer turismo y ver cosas nuevas y a mí me aburre. Pero me aburre porque no le veo la novedad a casi nada. Cuando veo un paisaje nuevo no es este paisaje nuevo sino otro paisaje más. (Tengo que reconocer que siempre hay excepciones: el mar de rascacielos que se ve desde el Empire State no me pareció un paisaje más, pero este es un inciso que quizás no debía meter aquí). No veo esta iglesia románica sino la iglesia románica y la idea de iglesia ya la tengo muy vista. (Otro inciso, no todo es blanco o negro, hemos estado recientemente visitando el románico palentino y tengo que decir que hay iglesias realmente bonitas). 


Esto de que la idea de algo te impide disfrutar de la realidad es para mí un descubrimiento reciente y muy fecundo. (Voluntad de verdad y no voluntad de ideas decía Zubiri) Mi vida se resume bastante en ese defecto. ((En realidad, es un hábito que tenemos todos). Vivir en las ideas y como consecuencia en la cabeza, en la reflexión, en el pensamiento, en el recuerdo, en la planificación. Pocas veces en la riqueza del momento actual, porque no deja ser un momento más y por eso despreciable. Siempre estoy pensando en encontrar el océano, no el agua que en el instante me rodea. 



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En realidad, esto de vivir en la cabeza tiene otra vertiente que he descubierto en un libro de De Mello. Olvidarse del resto del cuerpo, de percibir, de sentir tu propio cuerpo y las cosas que te rodean.

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