10 julio, 2016

Remordimientos y explicaciones.

La vida de mis padres no sufre cambios, por eso hablo poco de ellos aquí.

El hecho de tener a mi madre en una residencia nos produce a sus hijos (o me produce a mí) cierta mala conciencia.

He encontrado una explicación a eso. Por un lado nuestra sociedad es absolutamente individualista y por otro aún conserva valores tradicionales más comunitarios. Hoy en día, todos creemos que mi vida es mi vida. Por eso cuando tuve hijos pequeños la gente me advertía que los niños te quitan la vida, que no te dejan vivir tu vida. Me rebelaba, entonces, contra ese tópico argumentando que lo que tenemos que aprender es que mi vida es nuestra vida, la mía y la de mis hijos.

¿Mi vida es la mía y la de mis padres?

Mis hermanos y yo queremos a nuestros padres pero todos participamos de la cosmovisión individualista. Cada uno tiene su vida y todos estamos muy contentos de que mi madre tenga dinero para terminar la suya en una residencia sin interferir demasiado en la nuestra. Del mismo modo, mi padre vive encerrado en su vida –sus lecturas, sus siestas, las mujeres que lo cuidan- por voluntad propia, sin que los hijos vayamos mucho a verlo y sin que él nos eche mucho de menos.

Algunas familias se llevan el abuelo a casa. Ni mi padre ni yo querríamos convivir en la misma casa y compartir la vida. Tampoco mi mujer y mis hijos entenderían tener que convivir con él. Es el individualismo de nuestros tiempos.

Pero aunque esa es la concepción dominante aún quedan restos de visiones más antiguas, aquellas en las que los lazos familiares eran más importantes que hoy. Por eso, aún surgen remordimientos en esa zona de fricción en la que conviven ambas concepciones.

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