10 marzo, 2016

La curiosidad gastada y la empatía con los animales.

En los últimos meses de la guerra cuando más hambre están pasando y se alimentan de lechugas que plantan en un jardín, Celia recibe desde América un paquete con alimentos. El paquete tarda más de un mes desde que se lo anuncian, pero al fin llega. Pesa quince kilos y Celia lo lleva arrastrando con una cuerda hasta su casa. 
-      Tiene usted suerte- me dice el empleado que me lo entrega-. Es el único que no han robado. Todos los demás cajones están rotos y abiertos…
Ya estoy en la cuesta de la estación con la caja… ¿Cómo llevarla a casa? Nadie me la quiere llevar por dinero…  [el dinero no vale nada, si no puedes comprar alimentos] Felizmente he traído una cuerda. La engancho a un clavo y tiro del cajón… Tiro de él como tiran los niños de un carrito, sin perderle la vista, atenta a que no tropiece y se salga de la acera…
Nadie me mira… Casi tres años de revolución y guerra, de seres absurdos, de sangre y destrozos, han gastado la curiosidad de todos.

[…] 
Bajo la calle de hotelitos y jardines con tal estrépito que un pobre perro escuálido, con el armazón de costillas al descubierto, y que es el único perro ya de estos lugares, sale a ladrarme… De pronto endereza las orejas, huele el cajón y me sigue moviendo desatinadamente el rabo…
Ninguna ventana se abre. A nadie le importa el ruido. Por estas callecitas de colonia suburbana han pasado cañones ruidosos, tanques, soldados, gentes silenciosas con sólo el ruido de sus pasos y que caminaban hasta hallar una tapia donde poner a un hombre, gentes gritonas, mujeres y chicos corriendo desatinados hacia la carnicería donde despachaban carne de burro o de caballo… Por eso la curiosidad se ha gastado. ¡A nadie le importa ya nada! Por muchos ruidos que haya, por mucha gente que cruce las calles, todo seguirá igual…
[...]




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