13 noviembre, 2015

Compararse y sufrir.

Imagina que eres un profesor de biología. Un año llega a tu instituto otro profesor de tu asignatura que organiza a los alumnos en grupos para hacer grandes células con plastilina. En un aula encuentras una célula eucariota y en otra una procariota, por poner dos ejemplos de maquetas que he visto por mi centro. Todas ellas hechas con plastilina de diferentes colores y con una elaboración muy cuidada. Pequeños cartelitos, diminutas banderas de papel pinchadas en diferentes sitios, indican el nombre de las distintas partes, la mitocondria, los ribosomas, el núcleo…

Tu modo de explicar las células es mucho más convencional y menos entretenido. Desde luego no es tan llamativo para los compañeros de otras asignaturas. ¿Cómo te sentirías? Supongamos que la idea te parece buena. ¿Tendrías la humildad de interesarte por la experiencia para comenzar a hacer algo parecido con tus alumnos? Pero tú eres un profesor ya veterano y el que ha llegado es joven y tiene mucha menos experiencia.

Voy a ser directo. Si a mí me pasara algo parecido me sentiría muy fastidiado. No creo que nada me produzca mayor dolor que ser peor que los demás. Sé que lo ideal es no compararse con nadie pero hay un problema. El pensamiento funciona por oposición y división. Un horario es bueno comparado con otro. Vivo midiendo mi realidad con la de mis compañeros y unas veces me gusto más y otras menos. No sé vivir de otro modo. (No creo que solo sea yo, el otro día Joselu dividía una entrada de su blog en dos partes:  un profesor convencional hace esto, escribía, yo hago esto otro). 

En general, me juzgo por encima de la media, pero me temo que mis compañeros se juzgan a sí mismo de igual manera, y eso me hace dudar de mi propio criterio. Por otro lado me doy cuenta de que realmente no sé cómo trabajan y que solo lo imagino por las cosas que oigo.
Cuando comparo lo que soy con la idea de lo que “un buen profesor” tendría que ser también sufro y quedo en mal lugar.

¿Y si pudiera vivir sin evaluarme a mí mismo? ¿Y si fuera posible aceptar ser lo que soy? Sin culpa, sin vergüenza. Sin tener que pelear cada día por un “éxito” que nunca alcanzaré y que solo existe como una idea vacua en mi cabeza.


Aceptar lo que soy hoy no significa no poder hacerlo un poco mejor mañana. Descubriendo todas estas cosas quizás me encuentre en el buen camino. 

1 comentario:

  1. d'Imagino estas reflexiones motivadas e inducidas por la lectura del libro de Pablo D'Ors y tu propia experiencia. Es muy cierto nos comparamos continuamente. Es una función básica del sistema cerebral. Aprendemos por la comparación continua. Comparar es un mecanismo básico para el aprendizaje y para nuestra propia vida. El problema es cuando la comparación nos hace sufrir porque oponemos nuestra vida y la de los demás, nuestras experiencias y la de los demás. El tema es complejo y no fácil de resolver. Yo lo he vivido en carne viva. Y he sufrido comparándome. No sé qué salida darle. Solo he aprendido que uno no se compara con dolor cuando está orgulloso de sí, cuando tiene fe en lo que hace que es fruto del esfuerzo, del tesón y la imaginación. Pero esto choca con tu otra reflexión de que la reputación, el creerse algo es negativo y que uno habría de abandonar también el sentimiento de valor como un movimiento del espíritu de vanidad y soberbia.

    Lo tienes dificil, francamente.

    Sigue meditando.

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