21 mayo, 2015

El muerto al hoyo y el vivo al bollo.

En otros tiempos valoraba esta frase tan fea como una muestra de cinismo. Hoy me parece una constatación triste de lo que pasa en la práctica. Pecado de vida. No estoy hablando de la muerte de un hijo, que no puedo siquiera imaginar, ni de la muerte repentina de un ser muy cercano. Hablo de la muerte de los otros.

Hoy hemos enterrado a mi cuñado en Almería. En el último mes le descubrieron metástasis, en el cerebro, de un cáncer de pulmón que arrastraba desde hacía dos años. La familia de mi mujer, que son once  hermanos, se ha juntado prácticamente toda en el funeral. Sentí mucho más la primera noticia sobre el inicio de su enfermedad, que la llegada de su muerte, que ya nos habían anunciado desde hacía una semana.

Yo, que tanto lloraba de adolescente y de joven, tengo ahora un corazón de piedra. Me gustaría sentir mayor desgarro, pero me limito a constatar racionalmente que nunca más volverá a estar con nosotros. Fría constatación.

Si dejamos a un lado a su mujer y sus hijos, que tenían que estar recibiendo a todos los que llegaban al velatorio, el encuentro de todos los familiares no ha sido triste. No digo desde el primer momento, pero con el paso de las horas, yo diría que ha tenido el mismo alegre jolgorio que otros encuentros familiares. Desaparece uno de nosotros y todos los demás seguimos más o menos igual, porque no puede ser de otro modo. Pecado de vida. 

Qué extraña es la muerte de alguien. Estaba y ya no está. Cuesta mucho entenderlo. Mañana volveré a mi rutina y solo aparecerá algún recuerdo suyo de vez en cuando.






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Antes de que termine de anochecer, con todo el mundo agotado y recogido en el hostal, algunos aguantaron toda la noche en el velatorio, ando un rato solo por el paseo marítimo. El sol ya no se ve, pero aún queda luz en el cielo. Viniendo de la playa del Zapapillo hacia el centro, la montaña se mete en el mar y se recorta sobre el azul del cielo. Una nubes oscuras hacen más hermoso el ocaso y se ven las primeras luces eléctricas. Aunque podía no sorprenderme su belleza, pues conozco este paseo de otras ocasiones, la luz del atardecer presenta una hermosura sobrecogedora. El instante es único y me doy cuenta de que mi cuñado nunca más vivirá algo así. Él, que paseó por allí tantas veces, no lo hará más. Es horroroso y al tiempo de una sencillez extrema. Aunque me gustaría prolongar esos momentos, soy consciente que la luz durará ya muy poco.

Pero allí estaba yo disfrutando del ocaso, escuchando la música francesa de Karpatt en los auriculares  y viviendo intensamente aquellos minutos antes de irme a dormir al hostal. 

6 comentarios:

  1. No quiero ni puedo añadir nada más a lo que has escrito que es suficientemente explicativo. Solo dejar constancia de que te leo y de que he pasado por aquí. Hablar de la muerte es siempre difícil. Por supuesto, solo podemos hablar de la muerte de los otros.

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  2. Anónimo22/5/15 9:30

    Muy bueno, Loia.

    M.A.

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  3. Aunque muchas veces no responda los comentarios, os tengo que agradecer que deis testimonio de que existe algún lector. Gracias.

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  4. La frase es fea pero real, y opino que es necesario que sea asi. La muerte de una persona cercana y querida no puede paralizar la vida de los demás, hay que evitar que eso ocurra, aunque a veces sea muy difícil, si no lo consigues la muerte es doble.
    Me gustaría dar un abrazo a la viuda y a sus hijos, si puedes hazlo por nosotros.
    Besos desde Santander
    MAU

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  5. M. ya le he trasmitido por guasap tu pésame a ella. Muchas gracias.

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  6. M. ya le he trasmitido por guasap tu pésame a ella. Muchas gracias.

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