08 abril, 2015

Mi extraña autoestima.

Joselu, que se ha convertido de la noche a la mañana en comentarista habitual del blog, ha nombrado alguna vez el odio a sí mismo.

Mi autoestima es fluctuante. A veces creo que valgo mucho. Y lo creo de verdad. Estoy seguro que tengo buenas virtudes como profesor o como marido –vamos a dejar lo de padre-. Creo que soy inteligente y las cosas que se de filosofía las sé muy bien, es decir, las tengo muy interiorizadas, no son un saber muerto y desligado de la vida. Aunque mi erudición, si existe, es escasa, no sé muchas cosas. Creo que sé tratar con la gente y estoy bien integrado entre mis compañeros del trabajo. A veces soy ingenioso y muchas veces estoy alegre. 

Y al mismo tiempo, es decir, en otros momentos soy tremendamente autocrítico y creo que todo lo hago muy mal. Y esta otra visión negativa también la creo firmemente. A final de curso, sobre todo, pienso que soy un pésimo profesor, que parece mentira que lleve más de venticinco años y no aprenda. Tengo en mente una idea de cómo debería ser en todas las facetas de la vida y mi realidad deja mucho que desear. Y lo mismo cuando me doy cuenta de que no conservo ningún amigo de mi paso por otros institutos y de la misma manera cuando pienso lo mucho que me parezco a mi padre y lo poco que a mi padre parecen importarle los demás.


Comencé hablando del odio a uno mismo. Sospecho que no me acepto como soy. A veces pienso que en mí late un profundo autodesprecio. Esos miedos constantes que tengo de que las cosas saldrán mal no parece sino un reflejo de lo que creo merecer. Y creo merecer un castigo. 

3 comentarios:

  1. En ese riguroso autoanálisis que haces sobre ti mismo está la base de una buena parte de la literatura. Sin pulsión de autodesprecio, de culpa, de insatisfacción, de odio incluso hacia sí mismo no se explicarían muchas de las obras literarias que han dejado huella. Los seres equilibrados y que se aman a sí mismos, sin dudas sobre su valor, sin problemas de autoestima, etc ... suelen ser territorio poco pródigo para la introspección fecunda. El ser humano que necesita explicarse tiene contradicciones sobre sí mismo: ora se ama y se adora, ora se desprecia profundamente. Es una mezcla de narcisismo y sentimiento de autodestrucción, un territorio que es especialmente interesante para la disección analítica. Estos días leo el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa y su visión de sí mismo es poco armónica. Por eso tal vez escribió: para ser amado, para comprenderse, para respirar y no sentir tanto la culpa, esa culpa judía que tanto nos aflige. Escribir es comprometerse. O debería serlo, tal vez. Y en cierta manera me aburren los seres humanos que alardean de ser felices sin sombra. Puedo leerlos pero su discurso se agota pronto. No tienen mucho que decir. Un alma torturada, qué dulzura en esos aguijones que ella misma se clava con veneno en ese prodigio del autodesprecio que comparte con sus lectores. Dadme un alma torturada y quedaos las satisfechas y anodinas. Esa fue la estirpe de Dostoievski: dolor de existir, búsqueda de luz, contradicción. El corazón del hombre es demasiado vasto. El dolor es una parte esencial de la vida. Pero tampoco hay que mitificarlo, podríamos, como dice Pessoa, sentirnos envanecidos y considerarnos como especialmente Elegidos. Tenemos tanta inconsistencia como los que no lo sienten, pero, sin duda, es más divertido.

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  2. El dolor es parte de la vida. Pero quizas a unos les toca mas que a otros. Si pudiera elegir entre ser Kafka o alguien medianamente feliz (pongo a K. como alguien que no lo era) quiero ser el segundo. ¿Y tú?

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  3. Yo me quedo con mi vida exactamente como ha sido sabiendo que viví un Auschwitz emocional en mis primeros seis años de vida. 1057 PALABRAS y luego todo ha sido un intento de comprender aquello con un inmenso dolor psíquico que no lamento ni desecho. Tal vez así tuvo que ser. Quien sabe. Me siento a gusto siendo quien soy.

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