31 marzo, 2015

La culpa no fue de Andreas Lubiz. (Solo)

No creí que nadie lo lograra. No pensé que los progres de salón pudieran encontrar otro culpable.

Parecía que el culpable de la tragedia del avión en los Alpes era el copiloto. Faltaba investigar si se debían haber tenido más controles médicos y psicológicos por parte de la compañía. En todo caso, si Lufthansa hubiera fallado en eso, habría sido por torpeza, no por egoísmo o falta de interés. A ninguna aerolínea, por mucho que se ahorre, le interesa correr el riesgo de perder un avión con 150 personas.

Almudena Grandes ha conseguido que los países desarrollados (Occidente, el capitalismo, los ricos, como queráis llamarlo) podamos darnos golpes de pecho, porque somos los culpables.

Más allá del dolor de las familias, de la despiadada crueldad de la acción que les ha despojado de sus seres queridos, me ha sobrecogido la frecuencia con la que se producen accidentes por esta causa, y el hecho de que los hayamos ignorado hasta ahora. Los comandantes suicidas o, mejor dicho, los comandantes suicidas asesinos, han golpeado durante los últimos años en aviones pertenecientes a compañías de países subdesarrollados, como Malasia, Mozambique, Egipto, Indonesia o Marruecos, sin que la comunidad internacional se planteara cambiar las regulaciones de seguridad en ninguno de esos casos. 
Cabe verlo de otro modo. Los países subdesarrollados habían tenido accidentes con causas similares y no fueron capaces de dar la voz de alarma para avisar a Occidente con la suficiente insistencia del riesgo que estábamos corriendo. Qué falta de solidaridad.

Y una pregunta ¿Cambiaron ellos sus propias normas?

(La columna de Almudena Grandes completa aquí)


La película “Relatos salvajes”, que ella también alaba, merece la pena verla.

1 comentario:

  1. Almudena Grandes escribe una columna en El País todos los lunes que yo ignoro con sumo desagrado. Efectivamente es una progre de salón, igual que Luis García Montero, su marido y compañero del que intenté leer una especie de autobiografía y me pareció sosa e intragable. Leyendo estos días a Uriarte, el lector advierte cómo logra hacerse interesante un relato que nos habla de cosas cercanas como tener un gato o disfrutar de Benidorm. Almudena responde a una colección de tópicos interminables. Me da igual que alguien sea de izquierda o derecha, lo que le pido es que tenga un pensamiento propio. José Saramago desde la izquierda era un escritor y personas sumamente personal. Lo que decía me interesaba y su personalidad me resultaba sugerente. Pero esta novelista que gusta tanto a personas (posiblemente bienintencionadas) de izquierda revela una carencia casi total de cualquier arista personal: tópico tras tópico. Nunca se contradice. El discurso se puede reproducir sin lugar a dudas y se sabe qué dirá. Tengo entre mis amigos a admiradores de Almudena Grandes pero me suelo guardar mi juicio sobre ella. Al fin y al cabo, uno no pretende sentar cátedra ni ser excluyente de nada o de nadie.

    No he visto Relatos salvajes, pero quiero verla.

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