23 diciembre, 2013

Amor roto.

Es un dolor extraño el que se siente ante la herida de otro. Mi hijo ha roto con su novia. Ya hace meses tuvieron una pelea grave. Pasaron varios días sin verse y mi hijo andaba por la casa cabizbajo y como perdido. No sé si había mucha diferencia de como se comportaba otras veces, pero su madre y yo, que sabíamos que había sido ella la que había roto, interpretábamos su seriedad como una tristeza profunda, y en cada una de sus frases, aunque fueran de la cosa más tonta y cotidiana, leíamos su pena. Me dolía pensar en ello. El dolor de una separación es de una intensidad enorme y yo hubiera hecho lo que fuera por evitárselo. Lamentaba no poder pasarlo en su lugar.
Andrés Trapiello cuenta cómo su hijo le anunció a él un día en la cocina de su casa un hecho parecido. Me extrañó que padre e hijo hablaran de un asunto así. Nunca mi hijo y yo hemos hablado de sentimientos. Un pudor enorme nos lo impide. Ni a mí se me ocurriría preguntarle, en estos momentos, cómo está, ni él me respondería abiertamente. Tampoco yo hablé nunca con mi padre de nada parecido. El tópico dice que a los hombres nos cuesta tratar de sentimientos y es absolutamente cierto en nuestro caso. Sé que ha roto por su madre. Ella no tiene reparo en preguntarle sobre estos asuntos y aunque con sacacorchos consigue sacarle algunas verdades básicas sobre la que nosotros con la imaginación construimos lo demás.  

Aquella primera pelea presagiaba la ruptura actual que parece definitiva, pues aunque escribo ahora ya fue hace unos meses también.

¿Qué puede uno hacer por un hijo en una situación así? Poco. Creo que le doy algún beso más que habitualmente pero poco más. Siento una infinita ternura por él y me gustaría poder consolarlo si supiera el modo pero me siento absolutamente incapaz. Y me supondría una violencia fuera de lo común intentarlo siquiera. 

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