10 junio, 2007

PREPARAR UNA ENSALADA

¿Recordáis que tenía que hacer el primer plato para nosotros y unos amigos madrileños que venían a comer? El segundo ya estaba hecho.


A vosotros, gente resuelta, preparar una ensalada (“salad” in london) os puede parecer muy sencillo, pero para mí es un laberinto plagado de túneles que se bifurcan. El estrés de tomar una decisión cada dos pasos me va robando energía y cuando llego al final estoy exhausto y deshecho.

Antes de nada busqué en qué fuente iba a prepararla. Saqué cuatro distintas. Me pareció que alguna no estaba limpia. Las lave todas de nuevo porque de repente me entró un deseo inusitado de limpieza.


Piqué la lechuga, abrí una lata de maíz y una lata de espárragos cortados, pelé los huevos duros, busqué los tomates.


He de decir que el día anterior había comprado la lechuga pero como tomates había en la nevera di por hecho que podía contar con ellos. ¡Ay amiguitos! Cuando los saqué me pareció que estaban algo blandos. Sopesé la posibilidad de ir a comprar otros a un “ultramarinos” chiquitito y cercano que abre los domingos por la mañana. Su dueño, Ruper, trata las escasas mercancías que te ofrece con los modales propios de alguien que te enseñara un collar de perlas. Esto vuelve locas a las mujeres mayores que creen que se llevan alhajas a casa. Ruper estuvo de escolta en la Guardia Real, pero cuando se puso fondón se volvió al barrio donde su padre había tenido una frutería y a cincuenta metros de donde estuvo la antigua montó una nueva. Se conoce que se le pegaron los modales de la Corte, pues los actuales no pudo aprenderlos de su padre. A aquel siendo yo niño escuché como invitaba a una clienta a comprar sus naranjas: “No las habrá comido mejores en su puta vida, señora.” Siempre con el “señora” al final, eso sí.


Como tenía tiempo bajé a comprar nuevos. Cuando llegué a casa advertí que aunque los pedí para ensalada los que me había dado su mujer, él no estaba, eran tan blandos como los que yo tenía previamente. Como no podía llorar en el hombro de Pilar, ni suspirar maldiciendo lo mala que era la vida conmigo, (actividad masoquista que me ha dado grandes satisfacciones en la vida) escogí entre todos los más duros y los piqué en trozos. Durante unos instantes me pregunté cual sería la razón por la que en los restaurantes los presentan en rodajas grandes. ¿Debía cortarlos yo en rodajas? Deseché la idea, ya tenía picada una primera parte en pedazos y no era cuestión de presentar una ensalada sin un mínimo de coherencia interna.



Os preguntareis que dónde está la dificultad para preparar una ensalada. Muy sencillo. Ante cada ingrediente me pregunto durante unos segundos si lo debo añadir o no. Frente a este problema, en esta ocasión, se me ocurrió que podían presentarse todos los ingredientes por separado y que luego cada uno se sirviera únicamente el que quisiera. Así lo dispuse todo, para lo cual me vinieron muy bien las cuatro fuentes. Pero no aguanté mucho. Pensé que era algo absurdo y empecé a combinarlos. Combiné la lechuga y el tomate. Eché las aceitunas. Una cosa tengo clara: no me gustan las aceitunas con hueso en la ensalada. Una vez me rompí una muela por esa razón y nunca le añado aceitunas con hueso. Añadí el maíz en grano.



Para que el huevo duro se repartiera equitativamente consideré que se podía dejar a parte y que cada uno se picara el suyo. Ahora que os lo cuento me pregunto cual es la razón por la que el huevo requiera un reparto más equitativo que cualquier otro componente. Supongo que es sólo porque en familia lo hacemos así. En el último momento pensé que era aparatoso que cada persona se partiera en su plato su propio huevo y los piqué todos en una fuente. Todos menos uno. Si sobraba algo prefería que quedara entero. Aunque todavía estuve unos instantes sopesando la posibilidad de picarlo también. Si la razón para no añadirlo había sido la igualdad en el reparto no entiendo ahora cuál fue el motivo para presentarlo aparte. Hubiera sido más coherente mezclarlo sin más, pero por fidelidad a lo sucedido os lo cuento como pasó.

Con la cebolla me surgió un problema. Yo siempre como la ensalada con cebolla, como la tortilla de patata. Hará medio año mi madre me dijo que era más rica la cebolleta, que es menos fuerte el sabor. Yo no sé si lo noto, pero como buen hijo, desde entonces, si puedo, le echo cebolleta. Pero sólo tenía una y pequeña. ¿Debía añadir algo de cebolla para completar? Hay gente a la que no le gusta la cebolla. Dicen que da mal aliento. Tiré por la calle de en medio. En el último momento mezclé también la cebolleta que tenía picada pero paré ahí. No añadí cebolla.


No tenía brotes de soja, que le ponemos a veces. Me olvidé también de la zanahoria en tiras muy finas.

Termino. Ya conocéis mis avatares en relación con el aliño y Pilar.
La comida transcurrió bien. Mis invitados, misteriosamente, yo había dado por hecho lo contrario, no quisieron añadir huevo a sus platos. ¿Veis que no es irrelevante cómo se hacen las cosas?

Si alguno de ellos lee esto se sorprenderá lo “preparada” que estaba aquella ensalada.

9 comentarios:

  1. Eso es la duda metódica aplicada a al cocina. ¿cómo la aliñaste?. Si alguna vez como en tu casa, creo que llevaré la ensalada hecha.

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  2. Por cierto, use vinagre de Módena que me vendió un amigo común. He encontrado un enlace en Internet en que hablan de su tienda en el mercado de Barceló.

    pincha aquí para verlo

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  3. Esta situación que relatas ilustra perfectamente el significado de la expresión "hacerse la picha un lío".

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  4. No es por desmerecer, pero comiendo esa ensalada jamás pensé que hubiera precisado tantas disquisiciones. La ensalada no estaba mal (personalmente agradezco que no le hubieras añadido el huevo duro) pero lo que estaba verdaderamente rico era la carne con pimientos.
    Los que vivan en Madrid no dejen de ir a la Abacería de Chuchi. No tanto por la innegable calidad de sus productos como por la sin par atención del abacero.
    Y Loia, madrileño lo serás tú.

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  5. Es un placer tenerte como comentarista Matilde. Eres bienvenida.

    En lo del Abacero llevas toda la razón.

    ABACERÍA BARCELÓ
    En el mercado de Barceló.
    Madrid.

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  6. Una cosa puede parecer incongruente: quieres preservar las muelas y el huevo lo pones duro, en vez de blando, que es más profiláctico.

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  7. Abacería Barceló: en un mercado que queda a un paso del Metro Tribunal, al ladito de Pachá. También yo tengo vinagre de módena de la misma procedencia.

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  8. Yo tengo vinagre de Módena, de Módena, mira que soy rara.

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  9. No. No he ido a Módena, sino al Corte Inglés.
    (Pensaba que ya estarían en la sobremesa)

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