08 mayo, 2016

Un delicioso experimento que cuenta Octavio Medina en Jot Down Smart

Cada vez me gustan más los politólogos que escriben en Politikon. He descubierto que algunos de ellos, participan en JOT DOWN SMART. Sale los primeros de cada mes y no sé cuánto tiempo durará el precio de lanzamiento: un euro.  

En la de este mes OCTAVIO MEDINA cuenta un experimento delicioso sobre el respeto de las reglas.

“Imaginemos un juego sencillo. Hay varios jugadores sentados alrededor de una mesa y cada uno recibe unas cuantas monedas al principio del juego. En medio hay un bote. En cada turno, cada jugador elige con cuántas monedas contribuir al bote común. Después, el contenido del bote común se multiplica por dos y se divide entre todos los jugadores. Pasadas unas cuantas rondas —pongamos, veinte o cincuenta—, el juego acaba y cada jugador se queda con lo que ha ganado y con lo que conserva de sus monedas iniciales. En economía experimental a esto se le llama un Juego del Bien Público, porque consiste en ver cómo de dispuesta está la gente a contribuir a un bien (el bote) que será compartido por todos por igual hayan contribuido o no. Esto es clave, porque si un pícaro decide no contribuir en ninguno de los turnos, seguirá recibiendo un trozo correspondiente del pastel final.
En casi todos los casos en los que se realiza este experimento (según la metodología de Feh y Gaechter 2000) los patrones son más o menos similares. Al principio, parte de los jugadores contribuye al bote común —quizá mostrando su buena voluntad—. Sin embargo, a medida que el juego va avanzando, la cosa va degenerando. Cada turno, algunos de los cooperadores se hartan de los pícaros y dejan de contribuir. Aunque suele existir un pequeño grupo hardcore de cooperadores (Peter Turchin los llama santos) que sigue contribuyendo al bien común sí o sí, al cabo de unas cuantas rondas la cooperación ha caído a niveles bajos. La confianza desaparece, y los pícaros han ganado. A pesar de que los jugadores habrían ganado mucho más si hubieran contribuido, no pudo ser.”
(…)
“…algo fantástico ocurre cuando adaptamos el juego un poco. Imaginemos que añadimos una opción. Ahora, después de decidir con cuánto contribuir al bote y de que se revele con cuánto ha contribuido cada persona, cada jugador tiene la opción de gastar parte de su dinero para «castigar» a quien quiera. Por ejemplo, yo me puedo gastar un euro para rebajar la tesorería de otro jugador. Los efectos a priori son ambiguos: ¿está dispuesta la gente a gastarse dinero para castigar a otros sin que ellos ganen nada?
La respuesta es un rotundo sí. Y los patrones suelen apuntar en la misma dirección. Cuando crearnos un instrumento de castigo, los cooperadores frustrados se dedican a perseguir y castigar a los pícaros. Lo más importante es que están dispuestos a pagar un coste individual para imponer unas normas de conducta a pesar de que ellos no ganan nada con ello. Surge el castigo altruista.
Los efectos son bastante relevantes. En la «sociedad sin castigo» la cooperación se desintegra y prácticamente desaparece. En la segunda sociedad, en cambio, los jugadores castigan a los pícaros y no solo consiguen mantener los niveles de cooperación iniciales sino que la fracción de cooperadores va aumentando cada turno hasta estabilizarse a niveles elevados. Es decir, los pícaros reaccionan y empiezan a contribuir al bote tras ver que su comportamiento no está bien visto.”

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